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La nueva novela de

Antonio Zamora

ya está en las librerías

 

Antonio Zamora

Hipálage, 2010

ISBN.13: 978-84-96919-31-0

262 páginas

15 euros

 

 

27 sep 2010

Voz del que clama en el desierto



Jesús Cotta (http://criticoestado.blogspot.com)

Ya había reseñado yo aquí un libro suyo titulado La venganza de Evaristo Cubista, un libro breve que contaba una historia tan terrible y tan bien contada, que sólo le eché en cara la ausencia de un lenguaje más apasionado: con todo lo que le pasaba al prota, pegaba soltar al menos alguna palabrota, perder a veces los nervios, dar un puñetazo en la mesa.

Pero con esta segunda obra el autor se ha superado. El lenguaje de Arcadio Montes Talavera, que es quien narra toda la historia, es el de un poeta in pectore, en lo oscuro, pero con muchos cojones, con mucho deseo de amor, confinado en las sombras de una guerra inútil, larga, que es toda desierto y sangre.

No recuerdo ahora mismo ninguna novela que trate nuestra triste guerra de Marruecos , que es un episodio que la gente olvida o que no interesa, pero donde se derramó mucha sangre joven que había nacido para sembrar campos y amar mujeres, y no para empapar la arena de unas tierras que nunca nos trajeron nada bueno.

Sin patrioterismo, pero sin antipatriotismo, sin pacifismo, pero sin belicismo, sin sentimentalismos, pero con el corazón, el protagonista nos muestra su universo desde dos planos: el de la guerra en tierra extraña y el de los recuerdos en tierra propia. En el primero encontramos un hombre, que había nacido para el amor, el hogar y la libertad de los hombres buenos y sencillos, pero que se ve arrojado a la matanza, la servidumbre y el odio de una guerra donde lo peor del hombre triunfa porque, si no, moriría el hombre entero y él lo sabe y se deja arrastrar, pero no le gusta. En el segundo encontramos al joven apasionado que no soporta la chulería del señorito, el servilismo de su padre, y que conoce el amor que lo puede rescatar de sí mismo, aunque su pasión y su orgullo lo malogren y le hagan expiar sus culpas.

Estos dos planos, que se alternan durante toda la novela, son igualmente interesantes, son dos espejos que reflejan a dos hombres distintos que son el mismo en diferentes circunstancias. En otras novelas donde los planos también se alternan, suele ocurrir que uno está más conseguido que otro, pero en esta novela la voz rotunda y sin componendas del protagonista les presta a ambos mucho interés. Y me parece que esta novela podría haber ganado perfectamente un premio. Desde luego, si yo fuera uno del jurado, se lo daría.

Nunca he visto tan claro como en esta novela que, cuanto más sórdido y cruel es lo que nos rodea, más patente y desesperada es nuestra vocación de amor y salvación.

Vale la pena oír la voz de un hombre desnuda en el desierto del Rif , que desgrana recuerdos para no convertirse en un monstruo ni olvidar que fue nuestro abuelo cuando era novio y soldado, lejos del amor y de la patria.

No sólo la Guerra Civil nos explica. También está esa guerra que nadie quiere recordar.

 

*******

 

Mesa de presentación de "La Colina amarilla"Casa de la Cultura de Los Corrales

24 de septiembre de 2010.

De izquierda a derecha:

José Miguel Desuárez (editor), Antonio Zamora (autor), Juan Manuel Heredia ( Alcalde en Funciones del Exmo. Ayuntamiento de Los Corrales) y Manuel Sánchez de los Santos ( presentador de la obra).

 

 

Intervención de Manuel Sánchez de los Santos

en la presentación de la novela

La colina amarilla

24 de septiembre de 2010.

 

Muy buenas tardes. O muy buenas noches.

Si a mi falta de imaginación añado el convencimiento de que las palabras que yo hubiera podido utilizar para presentar al autor no pueden superar las que dijo en este mismo lugar el señor Antonio Gómez Ojeda, opto por reservar todas las mías para otros menesteres, que engrosarán este comentario, y ustedes ganan tiempo con ello para hacer lo que más les apetezca: leer, por ejemplo, el libro “La colina amarilla”, que hoy se presenta a la consideración de los lectores.

Pero que yo omita la presentación del autor por todas las razones expuestas, no debe entenderse como que no asuma ce por be y haga mías todas y cada una de las más que elogiosas palabras que sobre el autor y sobre el libro anterior aquí fueron dichas. Entre otras cosas porque conozco al autor, y las ratifico, y he leído el libro, y las confirmo.

Y sin embargo sí estoy obligado a justificar mi presencia en este lugar; y sobre esto tengo que decirles que estoy aquí por invitación del autor, lo que agradezco vivamente; y supongo que lo ha hecho Antonio porque sabe que el escenario donde transcurre su libro y las circunstancias históricas que envuelven a su protagonista gozan de mi atención y de mi interés literario. El escenario al que aludo es ni más ni menos que la Guerra de África. Y también, y esto lo antepongo a lo anterior, por la calidad humana de su autor, de la que me hace gozar muchas veces en improvisadas tertulias sobre literatura, sobre historia… Sobre todo lo humano que al ser humano no debe serle ajeno. Y, por supuesto, si hace falta, incluimos lo divino también.

Por lo tanto, razones más que suficientes para aceptar la invitación de comentar este nuevo trabajo, que, si el anterior, me produjo la agradable sorpresa de encontrarme con un gran fabulador de historias, que, miren ustedes por donde, fabula el crimen perfecto a largo plazo, algo que muchos escritores de novela negra no consiguieron nunca -Evaristo Cubista es como la tecla supr con efecto retardado-, en este me topo de bruces con un narrador como la copa de un pino, que sabe mezclar los dramas humanos individuales con los colectivos de una nación en guerra que ve morir a sus hijos más nobles e inocentes en las zonas más inhóspitas de Marruecos: El Rif.

Y en aceptando, me pongo inmediatamente manos a la obra como primer lector, leyendo la copia que el autor me entrega, esperando que mis palabras (estas que he dicho y las que voy a decir) no desmerezcan en nada a la amistad con el autor ni a la calidad y alma del libro. Pero quiero que sepas, Antonio, que ha sido un gran honor hacerlo, y que, como decía Cervantes, que mi comentario redunde en beneficio de tu fama como escritor y acreciente el amor a la lectura de los que aquí están. Por cierto, no sé si estas palabras las diría Cervantes, pero a mi me gustan y por eso las dejo. De todas formas, muchas gracias.

Y dicho esto, imprescindible para mí, que nadie piense que lo que Antonio ha escrito es un sesudo tratado histórico sobre las causas y las consecuencias de aquel conflicto que marcó (uno más) el subconsciente colectivo de los españoles; aunque si el autor se propusiese hacerlo, no dudo que lo lograse, pues goza Antonio de una permanente curiosidad intelectual y cultural, cimientos primordiales para acometer cualquier trabajo literario. Pero no. Antonio ha escrito una novela que tiene su escenario, como ya he dicho, y su desarrollo en el tiempo histórico y en el lugar donde el conflicto con Marruecos y las cábilas rifeñas alcanzó su más alta virulencia y donde más sangre española se derramó y donde más se puso de manifiesto la chapucera actitud de un Ministerio de la Guerra , que se tomó poco en serio el devenir del conflicto, y desamparó (literalmente) a los soldados españoles que se jugaban el pellejo entre Melilla y Buhafora. Y cuando digo Ministerio de la Guerra , digo también Gobierno y digo también Monarquía.

Pero por si alguien no tiene idea de la cruda realidad de lo que digo, que se adentre en las páginas del libro y empiece a ver, en primer lugar, cómo era la España de principios del siglo veinte y cómo era el diario vivir, y el diario morir, de la flor y nata de la juventud española en el ejercito de África. Y todo esto lo verá, si gusta de leerla, en el transcurso de una novela que tiene como eje principal a Arcadio Montes, un joven de veinte años, que por un lance amoroso, con el añadido de muerte violenta, se ve inmerso en el torbellino bélico del Rif, donde no le queda más remedio que matar para que no le maten. O, para ser más exacto: mata buscando la muerte, que expíe su crimen y que le libere de sus remordimientos. Pero la muerte no acaba de llegar.

Esta podría ser la síntesis, el resumen, del libro que os comento. Pero hay más. Aunque antes no estaría de más dar algunos apuntes históricos.

Pero la realidad no tardaría en imponerse. En el año 1921, la harka rifeña pasó a cuchillo a la guarnición de El Annual, la base militar española más importante del sur del protectorado español en Marruecos. Cuando la opinión pública tuvo constancia de ello, porque fue imposible ocultar la magnitud del desastre, exigió medidas y dimisiones de ministros. Hasta la corona fue cuestionada y sostuvo un equilibrio inestable en la cabeza del decimotercero de los Alfonsos en julio de 1921. Miles de soldados yunteros y oficialidad media incluida dejaron la vida en aquella base, como la dejaron en Monte Arruit, en Abarrán y en otras; porque todas fueron cayendo en manos de las cabilas como los granos de trigo pasan al buche de la gallina, por lo que el comandante general del ejército, general Silvestre, militar favorito y mimado del rey, hubo de pegarse un tiro en la sien como única salida honrosa a su carrera.

La gallina se llamaba en este caso Abdelkrim, que se plantó ante Melilla como Aníbal ante Roma y, como este, no la tomó manu militari porque le faltó decisión. ¿Pero que hacían los superiores, los altos mandos militares, en este desaguisado político y militar? Vivían como pachás en Tetuán, Tánger o Melilla, frecuentando cabarets de moda y poniéndose hasta las orejas de güisqui y grifa; o, lo que es peor, corrompiéndose con los fraudes que hacían con los suministros y pertrechos que llegaban de España, porque, “en fin, chico, no nos enfrentamos a un ejercito regular, sino a pastores y nómadas que se juntan para pegar cuatro tiros. Y un soldado español aguanta con dos cojones los tiros que les peguen. ¡Viva España, coñio ! Camarero, pon otra ronda. Señorita, ¿le apetece un vermut?” Señoras y señores, ¿qué cesto pudimos hacer con estos mimbres aquel año? Ninguno. Pero pudo ser peor de lo que fue. Tuvo que intervenir Francia, nuestros vecinos y socios en el Protectorado de Marruecos, para acabar con la guerra que a España se le ponía demasiado cuesta arriba.

Ahora, desde la distancia y la perspectiva que da el tiempo pasado desde entonces, a mi me hubiera gustado que esos oficiales hubieran muerto en la guerra (aunque fuera heroicamente), y los soldados yunteros hubieran vueltos sanos y salvos, pues la mayoría de esa oficialidad tuvo arte y parte en la guerra fraticida de 1936, quince años más tarde de los hechos que se recogen en el libro. En la memoria de todos están los nombres de esos oficiales. Se conoce que les escoció la derrota y no sabían estar ociosos en sus cuarteles. Porque si veintitrés años antes de lo de El Annual perdimos Cuba, Filipinas y Puerto Rico, restos del imperio colonial, tal derrota propició una reflexión social general en los españoles, cada cual reflexionó como pudo, que también hay que decirlo, pero nos trajo la generación de escritores, la del 98, más importante que ha tenido España. Y la guerra de África, ¿qué nos trajo? Aparte de otra guerra dieciséis años después, nada que no fuera acrecentar el mutuo recelo y desconfianza entre los vecinos de uno y otro lado del Estrecho. Recelo y desconfianza tradicionales y seculares. Pero en definitiva, nada. Silencio. Ocultamiento. Sembrar España de viudas y huérfanos, sementera a la que somos tan aficionados históricamente, que parece que los periodos de paz que gozamos son descansos del guerrero… Barbechos sin arar y frutos a pie de árbol. Mal síntoma para un pueblo cuando el barbecho no se hace y el fruto no se recoge.

(Cuando me levanto de leer para escribir estas líneas, he dejado a Arcadio en Igueriben, “La colina amarilla” del libro, escribiendo notas en un cuaderno que no sabe muy bien cómo ha llegado a sus manos. Las cábilas han hecho un descanso en su mortífero y constante asedio a la plaza española. El suelo donde descansa Arcadio está “alfombrado de casquillos de balas” de sus máuseres, en respuestas a las que reciben de sus enemigos, que, ocultos en las lomas cercanas a la plaza apenas se dejan ver: disparan y se ocultan velozmente. Los sitiados esperan el convoy de abastecimiento que viene de El Annual, con municiones y víveres especialmente; sobre todo agua, que ya no queda. Verdaderamente, me he levantado de leer porque me tiene el alma en suspenso. Arcadio sabe que la situación es insostenible, porque la harka le ha cortado el paso al convoy; pero él está tranquilo: su verdadero problema está en su interior, en su conciencia atormentada, y espera que al menos en este sentido acabe pronto. La muerte para él es en verdad una liberación. Sin embargo, a mi me quedan todavía algunas páginas por leer y necesito buscar tiempo para concluir su lectura. Es apasionante. Quiero saber cómo acaba todo, qué le pasa a nuestro héroe en los campos de batalla africano y si por fin encuentra la paz de espíritu y corre volando a los brazos de Herminia, la joven de la que está enamorado allá en su terruño, de donde nunca debió salir y que por su radical demostración de amor se ve en la situación actual. Ya veremos, y les cuento.)

Arcadio no era de esos soldados yuntero, tenía cierta formación intelectual y era aficionado a escribir; pero también pasó directamente de la península a un blocao, que era un fuerte de avanzadilla construido de tablas, que se desmontaba y montaba según lo exigieran las tácticas militares. Y es aquí donde empieza a sentir las angustias del miedo y la desesperación de la guerra. De enfrentarse a la muerte por segunda vez (¡ojo, señoras y señores lectores con la primera!) y a decidir sobre la vida y la muerte de los enemigos y de la suya propia.

Sus papeles de destino militar decían bien claro que iba a Intendencia de Melilla, lejos de las batallas y de la guerra. Pero los dados del destino, o la malevolencia del comandante de intendencia, o el traspapeleo de los expedientes hicieron que fuera allí donde las afiladas gumías de los rifeños buscaban en las madrugadas teñirse de roja sangre española; y donde el sonido de los pacos era el preludio seco y silbante de la muerte.

Los piojos empiezan a poblar sus ropas y a tomar conciencia de la vida militar y de sus compañeros, y a reflexionar sobre lo absurdo de esta guerra y a guardar silencio; a tragarse sus pensamientos, porque todo el mundo sabe que decir lo que se siente en estas situaciones es el mejor camino para “sentir” lo que se dice.

Antonio Zamora nos presenta la historia del protagonista de “La colina amarilla” desde un doble plano. El primero es su presencia en África y en la guerra; y el segundo, en una especie de flash back cinematográfico, la causa de su infortunio. Es un recurso literario muy utilizado por escritores y directores de cine. Se me viene a la memoria a Francis Ford Coppola en la segunda y tercera parte de El Padrino. En ellas, ustedes lo recordarán perfectamente, el director vuelve atrás y nos presenta a un Vito Corleone en sus inicios de mafiosillo de barrio italiano, mientras que va contando la vida como Padrino de Al Pacino, su hijo y sucesor.

Así pues, en “La colina amarilla” podemos ver y seguir la narración de Arcadio Montes en los diferentes campamentos españoles del Rif y, de pronto, el autor rompe la narración y nos transporta al lugar de su nacimiento, al calor de su familia, y al nacimiento del amor, pues no se puede entender su pesadumbre y sus reflexiones a lo largo del libro sin esto último. El lector va tomando conciencia poco a poco de que lo que le ocurre al protagonista es fruto de su pasión y de las circunstancias políticas y sociales del momento histórico que le ha tocado vivir. Y padecer.

En sus páginas nos encontramos escenarios sangrientos a la par que escenarios de placidez familiar; situaciones militares extremas con campos de algodón, allá en el cortijo de donde procede. Y este doble plano narrativo permite a Antonio Zamora jugar con las diferentes tensiones dramáticas que se van sucediendo, ora en África, ora en su pueblo, y hace que el lector no descanse en su deseo permanente de conocer qué va a suceder a continuación. La búsqueda de la solución final lleva al lector a concluir el libro casi sin darse cuenta. “La colina amarilla” está exenta de la plúmbea sensación de que hay que terminar para que se acabe de una puñetera vez lo que estamos leyendo. Con “La colina amarilla” dan ganas de volver a iniciar su lectura. Lo juro. A mi me ha pasado.

No podemos comentar un libro sin referirnos a los recursos literarios que utiliza su autor. Ya hemos hablado de uno: el doble plano narrativo. Otro, y que a mi me ha hecho sonreír, son las palabras del padre del protagonista, que el autor destaca en cursiva en algunos momentos de la narración, y que Arcadio Montes evoca para saber qué opción tomar en algunos momentos de su vida. Las palabras del padre son palabras maduras, sensatas, fruto de la experiencia personal. Son consejos de sabio, que todo padre da a sus hijos y que el autor destaca, como he dicho antes, en letra cursiva. No era necesario este alarde tipográfico, Antonio. Todo el mundo sabe que los padres siempre hablan en cursiva. Y las madres…. en cursiva y subrayado. ¡Menudas son!

Y por último, y mención aparte, es la variada prosa que el autor utiliza según las circunstancias por las que pasa el protagonista, y los diferentes registros y tonalidades que llevan implícitos. No es lo mismo describir una tierna escena de adolescentes en un palomar que el fragor de una batalla a tumba abierta entre rifeños y españoles. Como tampoco es lo mismo hablar de los sentimientos de una persona como hablar de los sentimientos que emanan del propio corazón y del propio raciocinio. Cuando un escritor crea un personaje –en esto los escritores son lo más parecido a los dioses-, lo modela como un alfarero a su cacharro, y lo hace sentir y vivir como le place. Es, por decirlo de alguna manera, una marioneta en la imaginación y lucidez de su creador; porque, en definitiva su misión es hacerlo corpóreo, definido y creíble, en lo bueno y en lo malo, para sus posibles lectores. A partir de ese momento, el personaje deja ya de ser de la forma que el autor lo ha creado, deja de pertenecerle, para vivir y sentir de la manera que cada lector le transmita.

Arcadio Montes es una creación de su autor al cien por cien, aunque no dudo de que alguna faceta de la vida del personaje tenga inspiración en la vida real de algún antepasado del autor. Su abuelo, supongo, no habrá sido ajeno a la génesis de esta novela, porque es raro que algún niño español no haya tenido algún familiar que haya estado pegándose tiro con los mambíes en la manigua cubana o en el sitio de Baler filipino o en estos eriales polvorientos de África. Es la historia trágica de España. “¿Y tiraste muchos tiros? ¿Mataste a muchos?”, le preguntábamos con ingenuidad infantil no exenta de cierto perdonable morbillo. “¡No, qué va…! Yo cerraba los ojos y disparaba al aire”, decían, pero contaban a cambio historias maravillosas de lugares no menos maravillosos. El resto lo ponía la imaginación infantil.

Pero a lo que iba. Gusta Antonio Zamora de analizar cada momento de la existencia de su personaje con minuciosidad; para ello no duda en abrirle el corazón y el cerebro para sacar de allí el fruto de las reflexiones y de sus pasiones y exponerlas al lector de forma descarnada y sin florituras dialécticas. Entra a saco en su alma, como también entra a saco en el asedio de Igueriben y en la toma de la trinchera enemiga. Aquí, en este pasaje, es donde el talento narrativo del autor se manifiesta de forma más clara, a mi juicio. Las frases cortas y seguidas son como tiros rápidos de una ametralladora. Podemos sentir cómo la bayoneta traspasa la carne, chasca el hueso y atraviesa el cuerpo de un rifeño; cómo nos sacudimos el polvo que se levanta de la refriega, que todo lo inunda y ciega la vista; cómo se nos seca la garganta, como si mordiéramos “hojas de higuera”, cuando la sed hace mella en los personajes por falta de agua. Todo gracias a la prosa bien construida y eficaz del autor. Y si me apuran, hasta nos buscamos entre la ropa la sensación de los millares de piojos que cohabitan con el personaje. Hacer sentir lo que digo, sin haberlo vivido su autor, es un ejercicio de imaginación y de esfuerzo intelectual propio de un escritor de talla. Si en su primer libro, Antonio nos muestra su madera de escritor urdidor de tramas e ingenioso desenlace, en este, se nos presenta como un narrador avezado y valiente.

Pero hay más. Por su prosa encontramos agobiante y nauseabundo el aire cerrado del blocao y escalofriante y macabra la estatua que allí hay; casi sentimos en las carnes propias los sufrimientos de un piloto crucificado por la cabila y nos estremecemos hasta los tuétanos ante la visión dantesca de la Hondonada de los cadáveres. Pasajes todos verídicos de esta guerra, que el autor ha transformado seguramente, pero que podemos encontrar en cualquier manual de historia, eso sí, sin el apasionamiento de un novelista y con la frialdad de un notario. Todo lo que el autor cuenta es históricamente real, pero quizás novelescamente dibujado. Entre paréntesis: me ha parecido ver entre sus páginas la influencia de Arturo Barea (asolar los poblados rifeños a cañonazos; la figura de la cabila a caballo con el fusil terciado en la espalda recortándose en las lomas del desierto…) y de otros autores que también escribieron sobre la guerra del Rif. Pero esto no es demérito para el autor; al contrario, es de sabios seguir a los sabios y tomar de ellos sus enseñanzas.

Los personajes que intervienen en esta historia son claramente secundarios (solo hay dos personajes principales: Arcadio y la guerra). Algunos son simples pinceladas cromáticas en el devenir del drama del protagonista. Fugaces apariciones que sirven de excusas para que Arcadio se arme y se revuelva en su batalla interior, pero no tienen intervenciones que dejen huella profunda en el personaje. O sí. Pero confraterniza con algunos de ellos. Es inevitable en la vida militar. Con el Trípode, con el Gallo, con el Picharrata… y con otros con los que comparte la sangre, el sudor y la miseria del ejército español de África.

Tal que así, hay un sargento sutil de esfínter delantero, que le arrea una hostia a Arcadio por un quítame allá ese mote; un soldado que añora su novia lejana, a la que hace años que no ve, y que le pide a Arcadio que le escriba una carta porque él no sabe hacer la o con un canuto; un homosexual enamorado, un misterioso Gabriel España (Nombre de arcángel y apellido del país por el que se está batiendo el cobre); un sargento que siempre habla en versos y otro que tiene el pintiparado nombre de Armando Guerra…Y la tropa. Todos con su apodo o su mote, que esta es inveterada costumbre española, que la camaradería militar bautiza y perpetúa la vida civil, que incluso se adquiere en herencia paternofilial.

Pero no podía faltar, porque en todas las guerra van en pos de los ejércitos, la puta de guarnición, santa dama que alivia a la tropa de gurrumías de testosterona al módico precio de a peseta el alivio. Ejerce su viejo oficio al arropo de la madrugada, en un prostibulillo que con cuatro tablas y un camastro se ha construido en la cantina para esas ocasiones. Es meretriz mora, bien puesta de carnes y despojada de pelambre ebenácea allí donde de nada sirven para la práctica de su viejo oficio; y con estos atributos no había militar sin graduación que no fuera al combate bien reconfortado espiritualmente, y limpio… de polvo y paja. Tuvo con ella nuestro protagonista un gatillazo moral, que dejó a nuestra rabiza moruna estupefacta y patidifusa, puesto que nunca pudo sospechar que en semejante lugar y a tales horas pudiera encontrarse un hombre con melindres éticas. Pero pagó su servicio. Es un caballero.

(He concluido el libro; lo dejo a un lado del sofá; enciendo un cigarrillo y me sumo en las reflexiones que el libro me deja, que son muchas. Algunas ya están expuestas en este trabajo, otras me las reservo por obvias razones de espacio y tiempo, a pesar de que haya eludido presentar al autor. Pero como prometí páginas atrás que les contaría cuando llegase al final, he de decir que sé cuál es el término de las andanzas del bueno de Arcadio. Ya sé donde está, y no sé si alegrarme o entristecerme. Cuando ustedes lo sepan también, elijan la opción emocional que más les convenga. La vida de los hombres es una lucha constante para tratar de diferenciarnos de nuestros padres; pero al cabo del tiempo, quizá con treinta años, nos damos cuenta, cuando miramos a nuestro interior en paz, que en el fondo de nosotros está él en muchas de nuestras cosas. Incluso en lo físico.)

Mi hijo me lo tiene advertido: “Mira, papá, que te conozco. No cuentes el final, porque a ti te gusta decir que el asesino es el mayordomo en los títulos de créditos de las películas. ¡Mucho ojo entonces!” Yo, al revés que Arcadio, que sigue los consejos de su padre, sigo el consejo de mi hijo y le hago caso. Aquí lo dejo, pues; no sin antes advertirles que la lectura de “La colina amarilla” se os hará inolvidable: por Arcadio, por África, por los soldaditos yunteros que dejaron la vida y todo lo demás en las colinas rifeñas, y, por supuesto, por Antonio Zamora, su autor, a quien deseo lo mejor en este difícil mundo de la literatura. Y no quiero concluir sin felicitar a la editorial Hipálage, por su valentía al confiar en autores noveles. Es todo un ejemplo de fe en el futuro.

A todos, muchas gracias por vuestra presencia y al Ayuntamiento por la organización; buenas noches y que disfruten con la lectura de “La colina amarilla”, si les apetece.

 

Para Antonio Zamora en el día de la presentación de su libro “ La Colina amarilla”;y a la memoria de todos los soldados españoles muertos en El desastre del Annual y en todas las plazas española del Rif.

Los Corrales, a veinticuatro de septiembre del dos mil diez,

año en que se me apagó la luz de Saramago, pero se me encendió la de mi Candela.

 

 

 

Intervención del autor en la presentación de su novela

La colina amarilla

24 de septiembre de 2010

 

No quisiera empezar mi intervención sin el obligado capítulo de agradecimientos que lleva implícito la publicación de cualquier trabajo, porque aunque la obra en cuestión lleva siempre la firma de su autor, es justo reconocer que en todo proceso creativo intervienen de una manera directa o indirecta un mayor o menor número de personas que la hacen posible.

Así pues, quiero agradecer a mis familiares y amigos su apoyo.

A José Miguel Desuárez que haya confiado en otro de mis trabajos a pesar de ser el género bélico, como él mismo ha expresado esta noche, un género que se había propuesto desestimar en su proyecto editorial.

A Manolo Sánchez por elaborar y expresar aquí su magnífico discurso, un discurso compuesto de contundencias y sutilezas que sólo las puede conjugar alguien de su talento y con un gran conocimiento del tema.

Al Ayuntamiento de Los Corrales por la publicidad del evento y por dejarme presentar otra de mis obras en este marco incomparable.

Al actual Alcalde en Funciones, Juan Manuel Heredia, que se haya tomado la molestia de conducir esta mesa.

A los amigos de otros pueblos que han cogido el coche y la carretera para venir a acompañarme en este acto tan importante para mí.

Y por supuesto, a todos ustedes por su presencia, sin la cual nada de lo que está aconteciendo esta noche tendría sentido.

Muchísimas gracias.

Los que estuvieron el año pasado en la presentación de mi primera novela La venganza de Evaristo Cubista, saben que soy de la opinión de que un autor no debe hablar mucho de su obra, para eso están los demás miembros de la mesa y posteriormente los críticos y los lectores, la opinión de estos últimos sin duda es la más importante de todas.

Por eso dedicaré mi turno a contaros muy escuetamente cómo he llegado a gestar una idea tan alejada en el tiempo, no olvidemos que esta novela está ambientada en una época pasada, la España de 1921, y en otro país, Marruecos, y que es muy distinta a la que presenté en octubre del año pasado, que, como muchos de ustedes saben, está ambientada en Sevilla y en la época actual.

A principios de 2004, leyendo una novela de la escritora y periodista Rosa Montero, una novela titulada La hija del caníbal , en uno de sus capítulos me encontré con un texto de apenas dos páginas que hablaba de la cobardía de buena parte de los oficiales del Ejército de África en el llamado Desastre de Annual , y que fueron algunos de aquéllos que salvaron la vida abandonando a su suerte a sus hombres corriendo como liebres en dirección a Melilla, los que quince años más tarde fueron acción y parte en aquel otro macro desastre para este bendito país que todos conocemos como La Guerra Civil Española.

Cómo comprenderán, el texto empezó a interesarme desde la primera frase. Lo que me contó aquel par de páginas me resultó tan nuevo y a la vez tan descabellado que al principio lo tomé como una más de las ficciones que encierran siempre las novelas. Pero después empecé a atar cabos y recordé que a principios del siglo XX, poco después de perder las colonias de ultramar (Cuba, Filipinas y Puerto Rico), España, o sería mejor decir el rey de entonces y su corte de privilegiados, alumbraron la feliz idea de ocupar el norte de Marruecos, con eso seguirían manteniendo la ilusión de seguir siendo una potencia (cosa que ya lo había dejado de ser dos siglos antes) y de paso exprimir las minas de la región del Rif. Todo esto, claro está, con el permiso de Francia e Inglaterra, verdaderas potencias de entonces, que consintieron que España se interpusiera entre sus intereses en África para evitar entre ellos conflictos de vecindad.

Por supuesto, los promotores de esta idea no fueron tan descarados y en lugar de ocupación o colonialismo lo llamaron Protectorado, y les vendieron a la población civil que iban a civilizar las tribus o cabilas del país vecino para llevarlas, de la época remota donde vivían, al emergente siglo XX.

Para eso se sirvieron, en lugar de un tropa profesional, como los franceses con su famosa Legión Extranjera, de un ejército de campesinos reclutado en los pueblos de toda la geografía española, tan lejos de parecerse a los legendarios y temidos Tercios de Flandes del siglo XVII, compuestos aquéllos de mercenarios, delincuentes y gente sin futuro, que Europa se puso las manos en la cabeza al ver tamaño despropósito, una recluta obligatoria arrancada de los arados, de los pesqueros o de las minas que no sabía qué era un fusil y, ni mucho menos, cómo usarlo, y que, para colmo, no tenía nada en contra de los moros que vivían más allá del Estrecho de Gibraltar.

Y así les fue tanto a nobles como a plebeyos, peor desde luego a los últimos.

Pese al tiempo invertido para gestar y escribir esta novela, unos tres años, y superado aquel primer asombro que me produjo el hecho, aún al pensarlo me sigue indignando lo sucedido a los soldados españoles en julio y agosto de 1921 en tierras africanas. Me sigue indignando que, a pesar de lo que nos ha enseñado la historia, sigan siendo los mismos los que perezcan en las puñeteras guerras, que sigan siendo los que menos culpa tienen los que paguen el pato que cocinan y se comen otros.

Es esa una de las razones por la que me decidiera a enfrentarme a las dificultades que entraña escribir una novela fuera de mi época y ponerme en el pellejo de nuestros abuelos, de aquellos a los que mandaron a la fuerza a África a civilizar a tiros a los rifeños, aquellos que después de jugarse la vida o dejársela en tierra extranjera, fueron olvidados por la Patria y por su rey por no desvelar a la opinión pública que fueron las cúpulas militares y políticas las verdaderas artífices del desastre.

Y digo dificultades cuando me refiero a escribir una historia de esta índole, porque dificultosa fue cuanto menos la búsqueda de información. Fuera de las crónicas de los libros de historia, crónicas la mayoría de las veces partidistas, no hallaba nada que describiera concretamente lo sucedido en la zona de Melilla del Protectorado Español en Marruecos. Intuía que aquellos textos, llamémosles oficiales, ocultaban más que aclaraban. Y, paradójicamente, tuve que echar mano de las pocas novelas escritas sobre el acontecimiento para saber que fue uno de los hechos históricos más vergonzosos de la dilatada historia de este país, un descomunal descalabro donde murieron de diez a doce mil españoles masacrados, degollados y torturados por prácticamente la totalidad de la población del Rif en poco más de tres semanas.

De esas novelas que cito destacan básicamente tres: Imán, de Ramón J. Sender, que fue soldado en Marruecos en 1923; La forja de un rebelde, de Arturo Barea, sargento de Ingenieros que le toco limpiar de cadáveres de soldados y colonos españoles las inmediaciones de Melilla en los días posteriores al desastre, donde casi pierde la vida a causa del tifus; y El blocao, de José Díaz Fernández, igualmente soldado en África por aquella época, que estuvo más de tres meses encerrado en uno de aquellos fortines de madera de 6x4 metros, techados con una chapa acanalada que llamaban blocaos.

También cabe mencionar las novelas más actuales de Lorenzo Silva: El nombre de los nuestros y Carta blanca, galardonada esta última con el Premio Primavera de novela de Espasa Calpe, de las que he bebido con la misma intensidad que de las primeras.

Pero fue en el recientemente desclasificado Expediente Picasso donde se encerraba la mayor y más fidedigna información sobre lo ocurrido en el Desastre de Annual. Un informe que había estado silenciado fuera de los cauces militares, elaborado por el general Juan Picasso inmediatamente después de ocurrir el Desastre, cientos de páginas con las declaraciones de los supervivientes de julio y agosto de 1921, donde salieron a relucir decenas de historias protagonizadas por la anteriormente mencionada cobardía de muchos oficiales y, cómo no, por las heroicidades de otros.

El Desastre de Annual también tuvo unos héroes que es lícito mencionar y reconocer. Entre ellos destacan el comandante Julio Benítez, héroe indiscutible junto a sus hombres en la resistencia de Igueriben; el teniente coronel Fernando Primo de Ribera, del regimiento de Cazadores de Alcántara nº 14, por dirigir la carga de caballería para proteger la retirada de la maltrecha columna hacia Drius; el comandante Juan Velázquez, del regimiento nº 59 de Melilla, muerto en la defensa de la posición de Sidi Dris; y muchos otros, oficiales, clases y, sobre todo, soldados, que supieron estar siempre al frente de sus hombres o junto a sus compañeros y morir con ellos.

Con los textos de los libros de historia, las novelas sobre el hecho y el mencionado expediente Picasso, pude hacerme una idea bastante aproximada de cómo fue la vida de un soldado español en los años veinte, cómo fueron los paisajes y lugares africanos que lo albergaron durante varios años y qué fue lo que propició la desbandada de un anémico y desarmado ejército hacia Melilla mientras era masacrado desde las alturas por la harca rifeña; igualmente, pude hacerme una idea de lo que era la vida en general alrededor de una guerra desde el principio maldita, como en definitiva lo acaban siendo todas las guerras que manchan reiteradamente la trayectoria de los hombres.

Pero no quiero confundirles haciéndoles creer que La colina amarilla es un libro de historia. Esta novela que les presento esta noche es cierto que puede clasificarse como novela histórica, pues es bastante fiel a la información dada por verdadera tras los años transcurridos desde aquel acontecimiento. Sin embargo, a mí me gusta pensar que es una novela de personajes, ya que la totalidad de los que aparecen en ella son ficticios, aunque pudieron ser verdaderos ya que provenían de los mismos lugares, dedicaban su tiempo a las mismas ocupaciones y tuvieron la misma suerte que sus homólogos reales.

También me gusta pensar que La colina amarilla no es una novela de guerra que sólo trata de explicar lo que pasó en aquel rincón de África, sino una historia que tiene como fin la búsqueda desesperada del sentido de la vida y la vocación de profundizar en la condición humana, esa condición que nos hace capaces de las mejores y de las peores cosas. Para ello me he servido de unos personajes límites, asomados a la última frontera de lo tolerable, que arrastran una carga emocional tan pesada que apenas les queda fuerzas para otra cosa que no sea auténticamente verdadera como el amor, el odio, la traición o el compañerismo.

Tampoco quiero ocultarles que en algunos pasajes La colina amarilla es una novela cruda como la realidad que representa. No hay maquillajes ni eufemismos, ni soslaya acontecimientos por incómodos, duros o injustos que sean. Su dureza es visual y emocional por partes iguales. Y la angustia existencial de sus protagonistas campea a sus anchas por muchas de sus páginas.

Siempre he pensado que los personajes más literarios, los que hablan más y mejor de la condición humana, son los que habitan el fondo de los peores pozos morales. Los que conocen mi obra saben que me interesan mucho las almas que nada tienen que perder, las que no temen a la verdad, las que caminan a cara descubierta y se dejan llevar por el instinto y los sentimientos con mayor docilidad que aquellas otras que, para disfrutar de una vida cómoda y un futuro resuelto y sin sobresaltos, se sirven de máscaras y mentiras.

Sabía cómo debían ser de auténticos los protagonistas. Ahora necesitaba un infierno donde pudiesen moverse con todo lo bueno y lo malo de su humanidad, un árido escenario desde el que sólo cabía imaginar un horizonte de esperanza, un escenario que encontré por casualidad en la Guerra de África aquel día leyendo a Rosa Montero. Imposible hallar un lugar mejor para una historia de amor y de guerra si nos abstraemos de que, desgraciadamente, ese escenario verdadero fue el testigo mudo y tal vez conmocionado de una terrible realidad que no debemos olvidar.

Y nada más, sólo me queda desearles que esta novela les emocione al leerla en la misma medida que a mí me ha emocionado escribirla, y, de alguna forma, les remueva el interés general por la lectura. De nuevo les reitero mi agradecimiento por su presencia.

Muchísimas gracias.

 

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La fealdad y el amor a la belleza


Antonio Zamora

Hipálage, 2009

ISBN.13: 978-84-96919-21-1

135 páginas

13 euros



Jesús Cotta (http://criticoestado.blogspot.com)


Siempre me han gustado las novelas que de muy poco hacen mucho, que le sacan el máximo partido a dos o tres elementos muy sencillos, como La vida de Pi , de Yann Martel , una novela que narra los doscientos veintisiete días de supervivencia que un niño hindú pasa con un tigre y algunos otros animales salvajes en una pequeña embarcación.

Otras obras parecen empeñadas en complicar con muchos personajes y vericuetos una cosa sencilla, como esas novelas policíacas donde el crimen es de lo más normal y el autor nos presenta a mil sospechosos para despistarnos.

Sin embargo, La venganza de Evaristo Cubista es de las novelas que de muy poco hacen mucho, que arrancan con lo cotidiano y acaban en el paroxismo, sin saltar a la fantasía.

El autor nos presenta a un estudiante universitario, guapo, rico y remolón que, por una cuestión de orgullo personal, se empeña en robarle la novia al feo del grupo. Y de ese asunto sumamente simple nos lleva a una tragedia personal sin aspavientos ni sangre, sin recurrir al deus ex machina ni a las persecuciones ni al ensañamiento al que nos tienen acostumbrados ciertas películas. El protagonista, con naturalidad y sin eufemismos, nos explica su proceso interior de purificación a la par que los sucesos que lo conducen a ello, hasta que se acostumbra a vivir con el horror. Eso sí, el final es difícil de digerir y deja mal sabor de boca, pero tal vez sea para el protagonista la única salida posible si desea seguir vivo.

Antonio Zamora trata en esta novela asuntos como las aventuras eróticas, la enfermedad, la amistad y la venganza. Y todo con una verosimilitud que parece nacida de las propias experiencias del autor. Las chicas que aparecen en escena, aunque sus actuaciones son breves, parecen vivas en la voz del narrador. Pero lo que más me ha gustado es la contraposición entre la frivolidad amorosa del guapo y la intensidad con que el feo ama a una mujer.

Quasimodo , la Bestia o el fantasma de la ópera son feos insignes de la literatura con un elemento en común: su desaforada necesidad de amor y belleza, lo cual los hace grandes y a la vez peligrosos. En este caso, el feo, Evaristo Cubillo , llamado Cubista por su rostro abstracto, no es un resentido contra el mundo ni oculta su fealdad, pero lo que lo hace peligroso es el deseo de vengar a una mujer que ha muerto de tristeza.

Aunque la sencillez, corrección y claridad del lenguaje es uno de los alicientes de este libro que se deja leer con una rapidez pasmosa, echo en falta un toque más literario en el lenguaje, alguna concesión ocasional a la poesía y al desgarramiento, una mayor osadía en las imágenes y en la expresión. La intensidad de lo narrado a veces lo exige. Eso no le habría robado agilidad al libro, sino que lo habría hecho más redondo. Pero, en realidad, el libro no defrauda. Cumple con lo prometido. Es de esos libros que empiezan bien y terminan mejor, porque rematan bien la faena.

Doy, pues, la bienvenida a esta novela y felicito al autor. Se nota que, tras todas esas líneas que él deja caer como una lluvia mansa, hay mucha vida, mucho trabajo y un gran mundo interior que, con esta novela, no ha hecho sino empezar.

 

 

 

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Felisa Moreno (http://felisamorenoortega.blogspot.com)

 

 

Alejandro Castello, un estudiante encumbrado en su orgullo de clase acomodada, recibe la llamada telefónica de Evaristo Cubillo —un joven inteligente de físico desproporcionado de quien hacía muchos meses que no sabía nada— para invitarlo a cenar y presentarle a su nuevo amor.
Alejandro se sorprende mucho por la invitación, pues, aunque se conocen desde el instituto, un año atrás compitieron por el amor de Julia, una compañera a la que todos los alumnos de la facultad deseaban por su belleza y simpatía. La partida la ganó Alejandro, dejando a Evaristo frustrado y herido en su autoestima. Ahí se inicia la trama de una venganza matemática y lógica, aderezada con una fuerte dosis de realidad, que el lector no tarda en intuir pero que no logrará materializar ni siquiera imaginar hasta el final del libro de manera sorprendente.
Y así es, el final resulta tan sorprendente que consigue revalorizar una historia ya buena de por sí. Esta novela corta se lee de un tirón y cuando la terminas tardas un buen rato en desengancharte de ella, se ha quedado prendida a ti, como la venganza de ese Evaristo Cubillo que sus compañeros rebautizaron como Cubista, por su físico lleno de aristas y desproporciones. La prosa es sencilla y correcta, se podría decir que está al servicio de la historia, la verdadera protagonista.
En fin, un libro que recomiendo porque me resulta dificil, después de tantas lecturas, encontrar algo que consiga sorprenderme sin sentirme engañada, sin pensar que el autor ha intentado tomarme el pelo con un final sacado de la manga. Desde aquí quiero dar mi enhorabuena a Antonio Zamora, que tiene por delante una prometedora carrera como escritor.

 

 

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Ademar de Lancáster

 

Narrada en primera persona, Alejandro cuenta desde la distancia de tres años el desarrollo desconcertante e imprevisible de la venganza de la que ha sido objeto.

Ambientada en la ciudad de Sevilla actual, la novela expone con frialdad el estilo de vida del Alejandro desde su propia perspectiva, de la manera en que él lo entendía y recuerda, un estilo de vida que si bien no era del todo ético por lo que tenía de falso, sí era común en el ambiente universitario en el que se desenvolvía, por lo que el protagonista, Alejandro, no toma conciencia hasta avanzada la narración de la carga amoral de sus actos.

No es una historia con pretensiones moralistas, no lo es al menos desde el punto de vista global de la novela, que se limita a contar la historia sin buscar una moraleja. Pero sí lo es desde la perspectiva del protagonista y narrador, que ve en la deshonestidad de sus actos el motivo y, en cierta forma, la justificación de la venganza de que es objeto.

La trama es intrigante desde el momento en que Alejandro recibe la invitación de Evaristo, y aunque desconcierta tanto al protagonista como al lector, no resulta en ningún momento artificiosa, por lo que las páginas se suceden creciendo en ritmo y en intensidad. Alejandro es consciente de que es la víctima, pero no sabe cómo ni cuándo va a serlo, ni en qué medida.

El estilo es sencillo y directo, suficiente para unas reflexiones y unos diálogos escuetos y precisos, apropiados para cualquier nivel de lectura, que es, eso creemos, su mayor acierto. A lo largo de la novela el lector tiene tantas oportunidades como el protagonista de especular sobre las pistas que la trama les va poniendo en su camino, y en la misma medida que éste recibe la dureza del impacto final.

La novela podría haber acabado cuando Alejandro conoce cuál es la venganza de Evaristo, pero entonces habrían quedado sueltos algunos cabos. El autor se sirve de un epílogo que redondea y dimensiona la realidad de la venganza y del futuro de Alejandro.

En conclusión, La venganza de Evaristo Cubista, cuenta una historia de hoy para gente de hoy que habla de los sentimientos humanos de siempre. Es una novela acabada, donde cohabitan sin estorbarse en ningún momento la sencillez de exposición y la intriga, rematadas brillantemente por un final desconcertante e inimaginable.

 

 

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Presentación de la novela

 

“ LA VENGANZA DE EVARISTO CUBISTA”

de

  ANTONIO ZAMORA

(Teatro Municipal de Los Corrales)

(Viernes, 23 de Octubre de 2009)

Por

Antonio G. Ojeda

 

 

I. VINCULACIONES

Hace mucho, muchísimo tiempo, debió ser allá en la prehistoria, o más allá todavía, en la época de los dinosaurios, salí de mi casa siendo todavía un niño –tenía 13 años- camino de un internado en Écija. Dejé la seguridad de la mesa puesta, de mi cama hecha y limpia, de la familia y el hogar, incluso de mi colegio, para irme a aquel internado. Mi maestro había convencido a mis padres -o a mi padre- de que allí aprendería un oficio y de que de allí saldría colocado en alguna fábrica o taller. –Se inauguraba en aquel colegio la 1ª rama de F.P., de Formación Profesional: Mecánica del Automóvil-. No dejaba de ser una gran paradoja el hecho de que muchos muchachos de todos estos pueblos de alrededor fueran a estudiar a Osuna, al Instituto de Enseñanza Media, y yo y otros muchachos de Osuna, en vez de proseguir estudios en aquel Instituto –yo, concretamente, no era mal estudiante- nos marchásemos fuera.

Y allí, en aquel internado, me encontré con muchachos de más o menos mi misma edad de todos estos alrededores: de La Lantejuela , de Herrera, de Marinaleda, de Matarredonda, de El Rubio, de Estepa, de Gilena, de Pedrera, de Martín de la Jara ,... y también de aquí, de Los Corrales. Por allí había Carreros, Caballeros, Gallardos,... Recuerdo a Juanillo el Tiznao que, andando el tiempo, me enteré de que había sufrido un accidente mortal por esas carreteras ganándose la vida, recuerdo a Manolito Reyes, buen compañero donde los hubiese,...

Y salimos, como digo, siendo niños, de la seguridad de nuestras casas y pasamos a vivir y a dormir estilo cuartel, 30 “tíos”, 30 varones, en una habitación, en literas, y, si armábamos bronca a la hora de dormir, nos sacaban en pijama a correr alrededor de la fuente, para desbravarnos como a potros jóvenes que éramos. Y, todo, porque éramos hijos de pobres, hijos de trabajadores, de gente humilde, todo por aprender un oficio y salir colocados en el futuro. Y sí que salimos colocados: pero no de mecánicos, sino “colocados” de la jambre que pasamos allí, con aquellas tortillas extraplanas que nos ponían, que más parecían compresas que tortillas, y aquel caldo con algo en el fondo que no se sabía muy bien qué era, si la pastilla de Avecrem derretida o la ceniza del puro del cocinero.

Cuento todo esto porque no tengo vinculaciones emocionales ni de ningún tipo con Los Corrales, como no sean estos recuerdos de mi ya lejana adolescencia. Y, ahora, de poco tiempo a esta parte, el conocer a Antonio Zamora, el haber leído buena parte de su obra y, más concretamente, la novela que hoy presentamos, La venganza de Evaristo Cubista.

 

II. INVITACIÓN EN CALIDAD DE LECTOR Y ESTADO DE LA CULTURA

Y Antonio Zamora, sabedor de que yo había leído su novela y una vez sabedor de que La venganza iba a ser publicada por la Editorial Hipálage , me escribe un día un correo –email, por supuesto, el otro está ya muy antiguo- en el que me invita a estar el día de la presentación en la mesa de presentación. Y me invita en calidad de “lector”. ¡Estupendo! ¡Eso es ponérselo fácil a uno! Porque si te invitan en calidad de lector, sólo tienes que dar tu opinión como lector, nada te obliga a hacer sesudos análisis lingüísticos ni profundas críticas literarias.

Yo acepto encantado. Pero le advierto: Antonio, mira que la Cultura , la Cultura con mayúsculas, atraviesa malos momentos, es menester hacer algo para meter gente en el acto de presentación, no sé, dar una copa, traer azafatas y azafatos macizorros de ésos que visten de uniforme o traje típico y sonríen siempre, dar un bocadillo y una lata de refresco como cuando se lleva a la gente a los mítines políticos o de público a los platós de televisión, regalar llaveros y bolígrafos,... algo, Antonio, hay que hacer algo; mira que yo he estado en actos culturales de este tipo en los que había más gente en la mesa de presentación que de público; chiquillo, que yo he entrado en una librería y los dos libros que estaban en el mostrador, de pie y en primera fila, eran uno de la bruja Lola y otro de Jorge Valdano, y he entrado en otra librería y el libro que más a la vista estaba era las memorias de María Teresa Campos; Antonio, que hay que hacer algo para traer gente, que la Cultura anda un poco como todo en este país, manga por hombro; que, en Mayo, sin ir más lejos, estuve en la Feria del Libro de Sevilla firmando ejemplares de un libro mío y no firmé ni uno, pero el que todavía debe andar con una luxación de muñeca de firmar libros es Boris Izaguirre, que tenía una cola de gente que le daba la vuelta a la Plaza Nueva ; Antonio, que yo, como te decía, he estado en presentaciones de libros en las que en media hora han hablado los 3, 4 ó 5 componentes de la mesa.

¡En media hora! Y es que tenemos complejo de culpabilidad, que te vas a un pregón de Semana Santa o a una conferencia sobre la Fiesta Nacional y se llenan los salones, y los pregoneros y conferenciantes se tiran dos horas pregonando o conferenciando y, el público, dos horas allí aguantando mecha, tan contento, medio llorando y con la boca abierta. Pero, nosotros, parece que ya de antemano nos sentimos culpables por hacer venir a la gente y como que tenemos miedo de aburrirla, y liquidamos estos actos con una faena de aliño y una estocá bajonazo. Y hay que recuperar el orgullo de leer y de escribir, y hay que recuperar el gusto de hablar de Literatura y de hablar de libros, y hay que transmitir a la gente que nos escucha nuestra pasión por estas cosas, porque la Literatura y los libros también pueden ser una pasión y una religión y una fiesta. Así que tienes, que tenemos que hacer algo, Antonio.

 

III. EN CALIDAD DE LECTOR

Decía que Antonio Zamora me invita a estar aquí en calidad de “lector”. Por eso y para que se entienda cómo llego a esta obra de Antonio Zamora, les voy a poner en antecedentes de qué clase de lector soy.

Soy un lector que hace mucho tiempo que desmitifiqué y vengo desmitificando a todos aquellos libros y autores y editoriales que me quieren hacer leer a fuerza de publicidad. No acostumbro a leer esos autores y bestsellers de ventas millonarias, esos libros que están en todos los medios de comunicación a cualquier hora del día y en cualquier página, esos autores y libros que están vendidos antes de estar impresos y de estar en las librerías, esos autores y libros para los que la gente, ansiosa, hace cola en la puerta de librerías y grandes almacenes,... con todo mi respeto por los que lo hacen. Pero desconfío mucho de las imbricaciones entre literatura e industria editorial y no creo en modas: ahora se lleva la novela histórica pero no se lleva la novela sobre la guerra civil, ahora se lleva la poesía de verso libre pero no se lleva la poesía con rima, ahora... Mi moda lectora me la diseño yo.

Leo de vez en cuando, ¿cómo no?, algún autor actual, ¿cómo no leer algo de Muñoz Molina, de Pérez-Reverte, de Frank McCourt, de Saramago, de Julián Marías, de Antonio Soler, de Manuel Rivas,...? Releo de vez en cuando, ¿cómo no?, a los clásicos, nacionales o extranjeros, ¿cómo no volver de vez en cuando a Don Antonio Machado, a Lorca, a Quevedo, a Cervantes, a Neruda, a Proust, a Dostoyevski, a Julio Verne, a Stendhal,...?

Y me gusta sobremanera rebuscar en las bibliotecas, y me gusta leer las obras modestamente autoeditadas de amigos y conocidos, o editadas por editoriales modestas, o inéditas, y me gusta leer la obra de escritores malditos, de escritores olvidados, de escritores heterodoxos, de escritores desconocidos,...

Y, con frecuencia, me encuentro con gratas sorpresas y tesoros. Como, por citar algunos, La verdadera historia de Cristóbala Colona , de Manuel Domínguez Guerra, encontrada rebuscando en las estanterías de la Biblioteca Municipal de Osuna, o la obra completa de Emilio Mansera Conde, o la obra de Armando Buscarini, poeta y narrador bohemio que murió joven en un manicomio, loco de fracaso, de hambre y de decepción con el género humano, o la obra maestra Rinconillo y Cortadete. Dos pícaros de Toledo , de Miguel Ángel Carcelén Gandía, o la estupenda novela Al cielo sometidos , del cubano Reynaldo González, o Los versos de Nómar , un poemario lleno de fuerza y autenticidad de Sara Lázaro, una mujer que no es escritora de oficio o, sin ir más lejos, el caso que hoy nos ocupa.

 

IV. DE CÓMO LLEGO A “ LA VENGANZA.. .”

Llegados a este punto, es posible que ustedes, y los miembros de la mesa y, sobre todo, el autor, estén pensando aquello que le dijo don Francisco Umbral en aquel ya célebre programa a la Mercedes Milá : “Yo he venido aquí a hablar de mi libro.” Y, efectivamente, a eso hemos venido aquí: a hablar del libro de Antonio Zamora. Y a eso voy.

Llego un día a la Biblioteca de Osuna –no sé a qué exactamente, pero a muchas cosas no se puede ir a una Biblioteca- y pego la hebra –como es habitual- con Francisco Ledesma, también conocido por Paco Ledesma, archivero-bibliotecario y güena gente, y a quien alguien tendrá alguna vez que convertir en personaje literario, al igual que Max Estrella, protagonista de la obra de don Ramón del Valle-Inclán “Luces de Bohemia” , pretendía hacer con don Latino de Hispalis. En un momento dado, sale a colación Antonio Zamora, al que -creo recordar- yo sólo conocía de vista y del que no había leído absolutamente nada. Paco me dice que tiene allí un par de novelas suyas inéditas. Le pregunto que si a Antonio Zamora le importaría que yo leyese alguna. Me dice que no cree que le importe. Le pido consejo a Paco sobre cuál de las dos leer. Y Paco me dice que me lleve La venganza de Evaristo Cubista , que era más ligerita. No sé si en aquel momento, Paco quería decir con lo de “más ligerita”, menos densa, menos extensa o más fácil de leer en Verano –porque creo que era Verano-. Y La venganza de Evaristo Cubista me llevé, novela inédita y cosida a canutillo o alambre, como Dios manda, de Antonio Zamora –en aquel momento, sólo “uno de Los Corrales que escribe”.

 

V. LA NOVELA

Llego a casa y, en cuanto puedo, aparcando todas las lecturas pendientes -porque este que les habla o les lee tiene los libros por leer como los pacientes en la Seguridad Social : en lista de espera-, y, en cuanto puedo, digo, le hinco el diente con ganas a La venganza de Evaristo Cubista .

¿Y qué me encuentro ya desde las primeras páginas? Les voy a contar lo que me encuentro. ¡No se lo pierdan! Resulta que la acción está situada en Sevilla capital, en los primeros años de este siglo XXI, es decir, prácticamente ahora mismo, y en un ambiente estudiantil. Me encuentro con un triángulo formado por: un estudiante guapetón que es el ligón entre la grey estudiantil femenina, que se lleva de calle a todas las estudiantas, las cuales casi se le echan al cuello para que el ligón las lleve al huerto; por otro lado, otro estudiante feo, soso y contrahecho; y en el último vértice de dicho triángulo, una encantadora estudianta que, mire usted por dónde, no sucumbe a los encantos y la técnica conquistadora del ligón; y no sólo eso, sino que, además, esta estudianta casi que está entrando y saliendo y parriba y pabajo con el estudiante feo y soso,... con lo cual el estudiante ligón está que se sube por las paredes, porque su prestigio en la Facultad y entre los amiguetes y las chorbas está por los suelos. Más o menos, así.

Y pienso: ¡Mamma mía! ¡Mamma mía! ¿Qué es esto? ¿Qué folletín es éste? ¿O qué folletón? ¿Esto es un culebrón venezolano o qué es? Y me digo: como esto no mejore, como esto no coja otro rumbo,... malo, mal asunto, poco va a valer esto. Y como todo lo que escriba “este hombre” sea así,...

Pero, sigo leyendo. Porque, uno, como lector, tiene un defecto o una virtud que tienen muchos otros lectores y lectoras, que yo lo sé, que me lo han contao: y es que nunca dejo un libro sin terminar.

Afortunadamente. Porque, en seguida, el autor comienza a diseccionar a los personajes, a mostrarnos su interior, y resulta que los personajes no eran tan planos, tan prototipos como a este ignorante lector le pareció a botepronto, resulta que el bueno no es buenísimo, que el malo no es malísimo, que la muchacha no es guapa y tonta,... resulta que los personajes tienen vida interior, que tienen sentimientos y motivaciones, y actúan, como cada uno de nosotros en la vida real, movidos por esos sentimientos y motivaciones.

Afortunadamente, seguí leyendo. Y ya no pude dejarlo hasta el final, porque la trama me enganchó y me llevó enganchado, en vilo, hasta la última página. En La venganza de Evaristo Cubista , Antonio Zamora nos narra en 6 partes o capítulos y un epílogo, una historia en la que destaco, al menos, cinco elementos o ejes principales: un conflicto amoroso o sentimental, una venganza –terrible venganza-, alguna muerte por ahí en medio, un policía que investiga y unas gotitas de erotismo y sexo.

Y ustedes pueden pensar: pues con esos ingredientes, el autor lo que ha hecho y adrede es un cóctel para que el texto, la novela, sea comercial. Pues, tampoco. Decían las actrices antiguamente, en los tiempos de la censura, que ellas no se desnudaban si no lo exigía el guión. Y todo lo que hay en esta novela lo exige el guión. No hay en ella nada gratuito. Y no sólo eso, sino que el autor -al que “algún torpe lector”, y no quiero señalar a nadie, estuvo casi a punto de catalogar como un Corín Tellado cualquiera-, el autor, digo, ya desde el título, utiliza el recurso dramático de la anagnórisis, pues nos hace un guiño a los lectores anunciándonos que va a haber una venganza, pero luego, él, a su gusto, no la va a resolver o desvelar –como en las buenas novelas de intriga y suspense- hasta el final; y, el autor, se permite mover por la historia con toda naturalidad, un policía o detective, con lo difícil que es mover a un detective por una historia sin caer en el maniqueísmo de tantos como llevamos vistos y leídos en mil novelas, series y películas; y, el autor, nos cuenta una historia de sentimientos enmarcada en un triángulo sentimental entre gente joven, viniendo a demostrar con ello dos cosas: que el maestro Muñoz Molina llevaba razón cuando dijo que no importa lo que se cuente, que todo se puede contar, porque lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta y, demuestra, por otro lado, que el amor y el desamor siguen siendo un buen argumento narrativo, porque, a pesar de esta aparente modernidad en la que vivimos, esta aparente modernidad en la que “a rey muerto, rey puesto”, en la que “la mancha de una mora, con otra verde se quita”, en la que “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”, en la que hoy me caso, mañana me descaso y pasado me vuelvo a casar, etc, etc, a pesar de esto, el amor y el desamor –esas dos caras de una misma moneda- siguen siendo una de las principales fuentes de placer y de dolor, uno de los más poderosos motores que mueven a las personas y al mundo, como viene sucediendo desde que el mundo es mundo –valga la redundancia-.

Y, cuando el lector cree que ya está todo el pescado vendido, se produce la traca final, el desenlace de la historia, la venganza en sí o el desvelamiento del misterio. Y uno se queda epatado, como sin aliento y diciendo: “¡Ajajá, así que el mayordomo no era el asesino!” Y hasta aquí puedo leer, no sea que se me escape el final.

Y, cuando acabo de leer esa historia bien planteada, bien escrita y bien resuelta, amena y seria -hasta diría que tremenda, pero también eran tremendas “La familia de Pascual Duarte”, de Cela, y “Los santos inocentes”, de Delibes-, cuando termino, anoto en mi Agenda un pequeño comentario –cosa que tengo por costumbre para mi coleto, pero que quiero compartir con ustedes esta noche-; anoto:

“Texto que me ha sorprendido muy gratamente en un autor inédito –cosa que no era cierta, porque Antonio tenía una publicación anterior, del año 2004, que patrocinó el Ayuntamiento de Los Corrales, pero yo, en ese momento, no lo sabía o no lo recordaba- , novel, porque está bien escrito, con sobriedad y sin lagunas, sin fisuras. Y engancha de principio a fin.

Aquí hay un novelista.”

Y, así, gratamente sorprendido y contento por haber descubierto que muy cerca de mí y de mi pasión por los libros, muy cerca de nosotros, había una persona que se encerraba en su tiempo libre a bregar con el lenguaje y a construir historias, había un escritor o, como muy hermosamente dijo Carcelén Gandía, había “un ingeniero de palabras y emociones” , así se lo dije a Paco Ledesma en cuanto lo vi: “una buena novela y un escritor”, y así se lo dije en cuanto tuve ocasión a José Miguel Desuárez, editor de Hipálage, a quien le alabo el gusto y la valentía de apostar por autores nuevos y desconocidos, y así me apresuré a decírselo a Antonio Zamora, que fue por teléfono, que lo felicité y a quien esta noche le reitero mi enhorabuena y le animo a algo que tal vez no haga falta animarlo: a seguir escribiendo; y así, con mi humilde opinión de lector pero con la mano en el corazón, se lo digo a ustedes, os lo digo: “una buena novela; aquí hay un escritor”. Repito: una novela corta pero intensa, una novela seria, de pulso narrativo sostenido de principio a fin, esto es, sin altibajos, sin fisuras, una novela amena y fácil de leer.

 

PARA TERMINAR (EPÍLOGO)

Y, ya, para terminar, decir que, quizás, Antonio Zamora, estuvo alguna vez ante La Puerta que comunica el mundo real con el mundo de la imaginación, dudando sobre si cruzar esa puerta o quedarse fuera, es decir, en la encrucijada de si escribir e intentar ser escritor o quedarse más cómoda y pragmáticamente en este lado. Y, afortunadamente, decidió cruzar esa Puerta.

Leámoslo. Cuidémoslo. Hagámosle un huequecito en nuestra Biblioteca. Porque nos ha nacido aquí, entre nosotros, en este rinconcito de la Sierra Sur y del corazón de Andalucía, un escritor.

Gracias a él por haberme invitado a compartir estos momentos especiales y gracias a los compañeros de la mesa y a ustedes por vuestra atención y paciencia.

 

 

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Intervención del autor

en la presentación de la novela

LA VENGANZA DE EVARISTO CUBISTA

(Teatro Municipal de Los Corrales)

23 de octubre de 2009

 

Cuando me toca hablar en público de mi trabajo literario, no puedo evitar acordarme de lo que decía el ya desaparecido escritor Rafael Sánchez Ferlosio. Cuando alguien lo invitaba a algún programa de radio o de televisión para hablar de su obra, declinaba cortésmente la invitación argumentando que las mejores respuestas que podía dar estaban en sus libros.

Yo no voy a ser tan categórico como él, pero para suplir mi falta de afición y de costumbre en estas prácticas, me voy a permitir ayudarme de las notas que traigo en estos papeles. Con eso evitaré que se me olvide algo de lo que convendría decir o que los nervios, siempre traicioneros, me hagan decir alguna cosa que no viniera al caso o no conviniera al momento.

No quisiera empezar sin un capítulo de agradecimientos, porque aunque uno está solo ante la hoja de papel en blanco, no es menos cierto que siempre hay que agradecer de una manera u otra a las personas que te rodean que puedas sentarte a pelearte con las palabras.

Así pues, quiero agradecer a mi mujer y a mis hijos la paciencia que han tenido conmigo, sabiendo que mi afición a la escritura les ha restado a ellos mucha atención de mi parte.

Quiero agradecer a mi madre, a mis hermanos y demás familia carnal y política, que no hayan perdido la fe en mis posibilidades como escritor a pesar de que han ido pasando los años sin el premio y la confirmación de la publicación.

Y, cómo no, quiero tener un recuerdo emocionado para mi difunto padre, al que, sin duda alguna, le hubiese gustado estar aquí esta noche.

Quiero agradecerles a mis amigos su aguante. Hoy que la mayoría están aquí, es un buen día para reiterarles mi amistad y disculparme por estrellar en ellos mis manuscritos buscando opinión y consejo, sin los cuales esta novela y otras que aún no han visto la luz, no serían lo que son.

Le agradezco a la Editorial Hipálage y a su director José Miguel Desuárez, que haya incluido tan de buena gana “La venganza de Evaristo Cubista” entre los títulos de su catálogo.

A Antonio G. Ojeda, miembro activo de esta presentación, por darme a conocer a la editorial y por estar aquí haciéndome esto más fácil.

Y al Ayuntamiento de Los Corrales que me haya facilitado este magnífico local para la presentación de la misma, por la publicidad pertinente para este tipo de evento, y que en la persona de su concejal de cultura haya presentado y conducido a los ponentes de esta mesa.

Y, por supuesto, quiero agradecer la presencia de todos ustedes, sin la que este acto no hubiera sido posible o hubiera resultado tan desolador como inútil.

Muchísimas gracias a todos.

 

Y respecto a mi novela, poco voy a comentar esta noche, entre otras cosas porque no creo que deba ser el autor quien hable de ella. Los miembros de esta mesa ya lo han hecho convenientemente. Además, debe quedar algo para que ustedes lo desgranen como lectores, que es, al fin y al cabo, de lo que se trata.

En su lugar, les hablaré brevemente de mis motivaciones a la hora de sentarme delante de una pantalla en blanco para llenarla de palabras, unas motivaciones que me temo tienen mucho que ver con la tendencia natural del ser humano a transmitir sus sueños, sus ideas o sus experiencias.

Ya desde niño sabía que mis tendencias tomarían la dirección de la comunicación. De haber estudiado de joven, quizá hubiese sido periodista. Muchos de ustedes conocéis mi entrega a la fotografía, que no es más que un medio de transmitir mediante imágenes, hasta el punto de dedicar años de mi tiempo y de recorrer miles de kilómetros para realizar un solo trabajo, que por suerte, tuvo el digno final de la publicación. Pero también muchos de ustedes saben que desde una edad temprana, antes incluso que a la fotografía, he estado muy arrimado a los libros.

Me viene a la mente un recuerdo de mí mismo cuando apenas contaba trece años de edad. En él estoy en la biblioteca del colegio rebuscando en sus estanterías. Como cualquier adolescente, era un muchacho ávido de sensaciones, sensaciones que no siempre podía satisfacer en el estrecho mundo en el que me movía y que intentaba compensar leyendo libros de aventuras. Aquel día que recuerdo, tuve la suerte de dar sin saberlo con un clásico de la literatura adaptado para adolescentes, un clásico que llevaba por título “Viajes de Gulliver”, de Jonathan Swift. Y fue aquel libro el que me abrió inesperadamente el horizonte de la literatura, pero no sólo de una literatura con la que entretenerme, sino de una literatura con la que aprender, con la que compartir, con la que soñar...

Recuerdo que deseé entonces escribir una historia que produjera en el lector las mismas sensaciones que me produjo a mí Viajes de Gulliver . Invertí mentalmente mi papel de agradecido lector por el de escritor, por el de sufrido escritor, cabría decir. Otra cosa sería poderlo realizar, poder alcanzar la calidad literaria y la desbordante imaginación que derrocha ese título.

Desde luego fue un deseo muy ambicioso para un chaval de trece años. Pero, ¿qué deseo no lo es? No obstante, me señaló un camino, un camino que emprendí, que sigo andando y que espero seguir recorriendo.

Después vino el trabajo duro del aprendizaje y los intentos infructuosos, en los que me desesperé y aburrí largas temporadas, hasta que por fin, a fuerza de trabajo, fui alcanzando la técnica que me permitió terminar mi primera novela.

Y después de esa primera novela, vino otra, y luego otra...

Siempre he sido muy consciente de que el que ha dedicado cantidades ingentes de tiempo y esfuerzo a escribir un texto es porque tiene algo que decir. Y siempre he tenido muy en cuenta que esa persona merece ser atendida.

Escribir para otros o para uno mismo no es una cuestión baladí. Pienso que es uno de los mayores enfrentamientos que un hombre o una mujer puede tener consigo mismo. Pero si escribir no es una cuestión de poca importancia, leer lo que otros han escrito tampoco debe serlo.

El motivo que me ha traído esta noche ante ustedes, la presentación de esta novela, me obliga a defender la literatura del rechazo o la indiferencia, sentimientos, tanto uno como otro, muy recurrentes en la sociedad actual, tan dada a las prisas y tan encandilada por las luces y por los efectos.

El escritor norteamericano Stephen King, puso en boca de uno de los personajes de su novela “Corazones en la Atlántida”, que había que darle al menos un par de horas a un autor antes de decidir si seguir o no atendiendo a su discurso.

Soy consciente de que leer, igual que cualquier otro ejercicio, cuesta trabajo. Pero si sopesamos los beneficios que reporta, es un trabajo que tiene la recompensa de saber que hay otros mundos aparte del que podemos apreciar con nuestros sentidos, cosa a veces, a pesar de su aparente simplicidad, tan difícil de comprender y de aceptar.

Siguiendo el camino de la lectura, ampliaremos nuestra información y definiremos nuestras creencias y, lo que es mejor, tendremos una idea más clara de dónde venimos, de lo que somos y hacia dónde queremos ir, conocimientos nada desdeñables para dar sentido a la vida de cada ser humano.

Para terminar, sólo me queda desearles una feliz lectura de la novela que les presento esta noche. Les aseguro que hay mucha ilusión puesta en cada una de sus páginas, y mucho trabajo. Pero ni siquiera la ilusión y el trabajo invertidos importan ahora, lo que importa es el producto final, y el producto final lo tienen ustedes a su entera disposición.

Muchísimas gracias.