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La venganza de Evaristo Cubista

de

ANTONIO ZAMORA

ya está en las librerías

 

 

La fealdad y el amor a la belleza


Antonio Zamora

Hipálage, 2009

ISBN.13: 978-84-96919-21-1

135 páginas

13 euros



Jesús Cotta (criticoestado.blogspot.com)


Siempre me han gustado las novelas que de muy poco hacen mucho, que le sacan el máximo partido a dos o tres elementos muy sencillos, como La vida de Pi , de Yann Martel , una novela que narra los doscientos veintisiete días de supervivencia que un niño hindú pasa con un tigre y algunos otros animales salvajes en una pequeña embarcación.

Otras obras parecen empeñadas en complicar con muchos personajes y vericuetos una cosa sencilla, como esas novelas policíacas donde el crimen es de lo más normal y el autor nos presenta a mil sospechosos para despistarnos.

Sin embargo, La venganza de Evaristo Cubista es de las novelas que de muy poco hacen mucho, que arrancan con lo cotidiano y acaban en el paroxismo, sin saltar a la fantasía.

El autor nos presenta a un estudiante universitario, guapo, rico y remolón que, por una cuestión de orgullo personal, se empeña en robarle la novia al feo del grupo. Y de ese asunto sumamente simple nos lleva a una tragedia personal sin aspavientos ni sangre, sin recurrir al deus ex machina ni a las persecuciones ni al ensañamiento al que nos tienen acostumbrados ciertas películas. El protagonista, con naturalidad y sin eufemismos, nos explica su proceso interior de purificación a la par que los sucesos que lo conducen a ello, hasta que se acostumbra a vivir con el horror. Eso sí, el final es difícil de digerir y deja mal sabor de boca, pero tal vez sea para el protagonista la única salida posible si desea seguir vivo.

Antonio Zamora trata en esta novela asuntos como las aventuras eróticas, la enfermedad, la amistad y la venganza. Y todo con una verosimilitud que parece nacida de las propias experiencias del autor. Las chicas que aparecen en escena, aunque sus actuaciones son breves, parecen vivas en la voz del narrador. Pero lo que más me ha gustado es la contraposición entre la frivolidad amorosa del guapo y la intensidad con que el feo ama a una mujer.

Quasimodo , la Bestia o el fantasma de la ópera son feos insignes de la literatura con un elemento en común: su desaforada necesidad de amor y belleza, lo cual los hace grandes y a la vez peligrosos. En este caso, el feo, Evaristo Cubillo , llamado Cubista por su rostro abstracto, no es un resentido contra el mundo ni oculta su fealdad, pero lo que lo hace peligroso es el deseo de vengar a una mujer que ha muerto de tristeza.

Aunque la sencillez, corrección y claridad del lenguaje es uno de los alicientes de este libro que se deja leer con una rapidez pasmosa, echo en falta un toque más literario en el lenguaje, alguna concesión ocasional a la poesía y al desgarramiento, una mayor osadía en las imágenes y en la expresión. La intensidad de lo narrado a veces lo exige. Eso no le habría robado agilidad al libro, sino que lo habría hecho más redondo. Pero, en realidad, el libro no defrauda. Cumple con lo prometido. Es de esos libros que empiezan bien y terminan mejor, porque rematan bien la faena.

Doy, pues, la bienvenida a esta novela y felicito al autor. Se nota que, tras todas esas líneas que él deja caer como una lluvia mansa, hay mucha vida, mucho trabajo y un gran mundo interior que, con esta novela, no ha hecho sino empezar.

 

 

 

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Felisa Moreno (http://felisamorenoortega.blogspot.com)

 

 

Alejandro Castello, un estudiante encumbrado en su orgullo de clase acomodada, recibe la llamada telefónica de Evaristo Cubillo —un joven inteligente de físico desproporcionado de quien hacía muchos meses que no sabía nada— para invitarlo a cenar y presentarle a su nuevo amor.
Alejandro se sorprende mucho por la invitación, pues, aunque se conocen desde el instituto, un año atrás compitieron por el amor de Julia, una compañera a la que todos los alumnos de la facultad deseaban por su belleza y simpatía. La partida la ganó Alejandro, dejando a Evaristo frustrado y herido en su autoestima. Ahí se inicia la trama de una venganza matemática y lógica, aderezada con una fuerte dosis de realidad, que el lector no tarda en intuir pero que no logrará materializar ni siquiera imaginar hasta el final del libro de manera sorprendente.
Y así es, el final resulta tan sorprendente que consigue revalorizar una historia ya buena de por sí. Esta novela corta se lee de un tirón y cuando la terminas tardas un buen rato en desengancharte de ella, se ha quedado prendida a ti, como la venganza de ese Evaristo Cubillo que sus compañeros rebautizaron como Cubista, por su físico lleno de aristas y desproporciones. La prosa es sencilla y correcta, se podría decir que está al servicio de la historia, la verdadera protagonista.
En fin, un libro que recomiendo porque me resulta dificil, después de tantas lecturas, encontrar algo que consiga sorprenderme sin sentirme engañada, sin pensar que el autor ha intentado tomarme el pelo con un final sacado de la manga. Desde aquí quiero dar mi enhorabuena a Antonio Zamora, que tiene por delante una prometedora carrera como escritor.

 

 

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Ademar de Lancáster

 

Narrada en primera persona, Alejandro cuenta desde la distancia de tres años el desarrollo desconcertante e imprevisible de la venganza de la que ha sido objeto.

Ambientada en la ciudad de Sevilla actual, la novela expone con frialdad el estilo de vida del Alejandro desde su propia perspectiva, de la manera en que él lo entendía y recuerda, un estilo de vida que si bien no era del todo ético por lo que tenía de falso, sí era común en el ambiente universitario en el que se desenvolvía, por lo que el protagonista, Alejandro, no toma conciencia hasta avanzada la narración de la carga amoral de sus actos.

No es una historia con pretensiones moralistas, no lo es al menos desde el punto de vista global de la novela, que se limita a contar la historia sin buscar una moraleja. Pero sí lo es desde la perspectiva del protagonista y narrador, que ve en la deshonestidad de sus actos el motivo y, en cierta forma, la justificación de la venganza de que es objeto.

La trama es intrigante desde el momento en que Alejandro recibe la invitación de Evaristo, y aunque desconcierta tanto al protagonista como al lector, no resulta en ningún momento artificiosa, por lo que las páginas se suceden creciendo en ritmo y en intensidad. Alejandro es consciente de que es la víctima, pero no sabe cómo ni cuándo va a serlo, ni en qué medida.

El estilo es sencillo y directo, suficiente para unas reflexiones y unos diálogos escuetos y precisos, apropiados para cualquier nivel de lectura, que es, eso creemos, su mayor acierto. A lo largo de la novela el lector tiene tantas oportunidades como el protagonista de especular sobre las pistas que la trama les va poniendo en su camino, y en la misma medida que éste recibe la dureza del impacto final.

La novela podría haber acabado cuando Alejandro conoce cuál es la venganza de Evaristo, pero entonces habrían quedado sueltos algunos cabos. El autor se sirve de un epílogo que redondea y dimensiona la realidad de la venganza y del futuro de Alejandro.

En conclusión, La venganza de Evaristo Cubista, cuenta una historia de hoy para gente de hoy que habla de los sentimientos humanos de siempre. Es una novela acabada, donde cohabitan sin estorbarse en ningún momento la sencillez de exposición y la intriga, rematadas brillantemente por un final desconcertante e inimaginable.

 

 

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Presentación de la novela

 

“ LA VENGANZA DE EVARISTO CUBISTA”

de

  ANTONIO ZAMORA

(Teatro Municipal de Los Corrales)

(Viernes, 23 de Octubre de 2009)

Por

Antonio G. Ojeda

 

 

I. VINCULACIONES

Hace mucho, muchísimo tiempo, debió ser allá en la prehistoria, o más allá todavía, en la época de los dinosaurios, salí de mi casa siendo todavía un niño –tenía 13 años- camino de un internado en Écija. Dejé la seguridad de la mesa puesta, de mi cama hecha y limpia, de la familia y el hogar, incluso de mi colegio, para irme a aquel internado. Mi maestro había convencido a mis padres -o a mi padre- de que allí aprendería un oficio y de que de allí saldría colocado en alguna fábrica o taller. –Se inauguraba en aquel colegio la 1ª rama de F.P., de Formación Profesional: Mecánica del Automóvil-. No dejaba de ser una gran paradoja el hecho de que muchos muchachos de todos estos pueblos de alrededor fueran a estudiar a Osuna, al Instituto de Enseñanza Media, y yo y otros muchachos de Osuna, en vez de proseguir estudios en aquel Instituto –yo, concretamente, no era mal estudiante- nos marchásemos fuera.

Y allí, en aquel internado, me encontré con muchachos de más o menos mi misma edad de todos estos alrededores: de La Lantejuela , de Herrera, de Marinaleda, de Matarredonda, de El Rubio, de Estepa, de Gilena, de Pedrera, de Martín de la Jara ,... y también de aquí, de Los Corrales. Por allí había Carreros, Caballeros, Gallardos,... Recuerdo a Juanillo el Tiznao que, andando el tiempo, me enteré de que había sufrido un accidente mortal por esas carreteras ganándose la vida, recuerdo a Manolito Reyes, buen compañero donde los hubiese,...

Y salimos, como digo, siendo niños, de la seguridad de nuestras casas y pasamos a vivir y a dormir estilo cuartel, 30 “tíos”, 30 varones, en una habitación, en literas, y, si armábamos bronca a la hora de dormir, nos sacaban en pijama a correr alrededor de la fuente, para desbravarnos como a potros jóvenes que éramos. Y, todo, porque éramos hijos de pobres, hijos de trabajadores, de gente humilde, todo por aprender un oficio y salir colocados en el futuro. Y sí que salimos colocados: pero no de mecánicos, sino “colocados” de la jambre que pasamos allí, con aquellas tortillas extraplanas que nos ponían, que más parecían compresas que tortillas, y aquel caldo con algo en el fondo que no se sabía muy bien qué era, si la pastilla de Avecrem derretida o la ceniza del puro del cocinero.

Cuento todo esto porque no tengo vinculaciones emocionales ni de ningún tipo con Los Corrales, como no sean estos recuerdos de mi ya lejana adolescencia. Y, ahora, de poco tiempo a esta parte, el conocer a Antonio Zamora, el haber leído buena parte de su obra y, más concretamente, la novela que hoy presentamos, La venganza de Evaristo Cubista.

 

II. INVITACIÓN EN CALIDAD DE LECTOR Y ESTADO DE LA CULTURA

Y Antonio Zamora, sabedor de que yo había leído su novela y una vez sabedor de que La venganza iba a ser publicada por la Editorial Hipálage , me escribe un día un correo –email, por supuesto, el otro está ya muy antiguo- en el que me invita a estar el día de la presentación en la mesa de presentación. Y me invita en calidad de “lector”. ¡Estupendo! ¡Eso es ponérselo fácil a uno! Porque si te invitan en calidad de lector, sólo tienes que dar tu opinión como lector, nada te obliga a hacer sesudos análisis lingüísticos ni profundas críticas literarias.

Yo acepto encantado. Pero le advierto: Antonio, mira que la Cultura , la Cultura con mayúsculas, atraviesa malos momentos, es menester hacer algo para meter gente en el acto de presentación, no sé, dar una copa, traer azafatas y azafatos macizorros de ésos que visten de uniforme o traje típico y sonríen siempre, dar un bocadillo y una lata de refresco como cuando se lleva a la gente a los mítines políticos o de público a los platós de televisión, regalar llaveros y bolígrafos,... algo, Antonio, hay que hacer algo; mira que yo he estado en actos culturales de este tipo en los que había más gente en la mesa de presentación que de público; chiquillo, que yo he entrado en una librería y los dos libros que estaban en el mostrador, de pie y en primera fila, eran uno de la bruja Lola y otro de Jorge Valdano, y he entrado en otra librería y el libro que más a la vista estaba era las memorias de María Teresa Campos; Antonio, que hay que hacer algo para traer gente, que la Cultura anda un poco como todo en este país, manga por hombro; que, en Mayo, sin ir más lejos, estuve en la Feria del Libro de Sevilla firmando ejemplares de un libro mío y no firmé ni uno, pero el que todavía debe andar con una luxación de muñeca de firmar libros es Boris Izaguirre, que tenía una cola de gente que le daba la vuelta a la Plaza Nueva ; Antonio, que yo, como te decía, he estado en presentaciones de libros en las que en media hora han hablado los 3, 4 ó 5 componentes de la mesa.

¡En media hora! Y es que tenemos complejo de culpabilidad, que te vas a un pregón de Semana Santa o a una conferencia sobre la Fiesta Nacional y se llenan los salones, y los pregoneros y conferenciantes se tiran dos horas pregonando o conferenciando y, el público, dos horas allí aguantando mecha, tan contento, medio llorando y con la boca abierta. Pero, nosotros, parece que ya de antemano nos sentimos culpables por hacer venir a la gente y como que tenemos miedo de aburrirla, y liquidamos estos actos con una faena de aliño y una estocá bajonazo. Y hay que recuperar el orgullo de leer y de escribir, y hay que recuperar el gusto de hablar de Literatura y de hablar de libros, y hay que transmitir a la gente que nos escucha nuestra pasión por estas cosas, porque la Literatura y los libros también pueden ser una pasión y una religión y una fiesta. Así que tienes, que tenemos que hacer algo, Antonio.

 

III. EN CALIDAD DE LECTOR

Decía que Antonio Zamora me invita a estar aquí en calidad de “lector”. Por eso y para que se entienda cómo llego a esta obra de Antonio Zamora, les voy a poner en antecedentes de qué clase de lector soy.

Soy un lector que hace mucho tiempo que desmitifiqué y vengo desmitificando a todos aquellos libros y autores y editoriales que me quieren hacer leer a fuerza de publicidad. No acostumbro a leer esos autores y bestsellers de ventas millonarias, esos libros que están en todos los medios de comunicación a cualquier hora del día y en cualquier página, esos autores y libros que están vendidos antes de estar impresos y de estar en las librerías, esos autores y libros para los que la gente, ansiosa, hace cola en la puerta de librerías y grandes almacenes,... con todo mi respeto por los que lo hacen. Pero desconfío mucho de las imbricaciones entre literatura e industria editorial y no creo en modas: ahora se lleva la novela histórica pero no se lleva la novela sobre la guerra civil, ahora se lleva la poesía de verso libre pero no se lleva la poesía con rima, ahora... Mi moda lectora me la diseño yo.

Leo de vez en cuando, ¿cómo no?, algún autor actual, ¿cómo no leer algo de Muñoz Molina, de Pérez-Reverte, de Frank McCourt, de Saramago, de Julián Marías, de Antonio Soler, de Manuel Rivas,...? Releo de vez en cuando, ¿cómo no?, a los clásicos, nacionales o extranjeros, ¿cómo no volver de vez en cuando a Don Antonio Machado, a Lorca, a Quevedo, a Cervantes, a Neruda, a Proust, a Dostoyevski, a Julio Verne, a Stendhal,...?

Y me gusta sobremanera rebuscar en las bibliotecas, y me gusta leer las obras modestamente autoeditadas de amigos y conocidos, o editadas por editoriales modestas, o inéditas, y me gusta leer la obra de escritores malditos, de escritores olvidados, de escritores heterodoxos, de escritores desconocidos,...

Y, con frecuencia, me encuentro con gratas sorpresas y tesoros. Como, por citar algunos, La verdadera historia de Cristóbala Colona , de Manuel Domínguez Guerra, encontrada rebuscando en las estanterías de la Biblioteca Municipal de Osuna, o la obra completa de Emilio Mansera Conde, o la obra de Armando Buscarini, poeta y narrador bohemio que murió joven en un manicomio, loco de fracaso, de hambre y de decepción con el género humano, o la obra maestra Rinconillo y Cortadete. Dos pícaros de Toledo , de Miguel Ángel Carcelén Gandía, o la estupenda novela Al cielo sometidos , del cubano Reynaldo González, o Los versos de Nómar , un poemario lleno de fuerza y autenticidad de Sara Lázaro, una mujer que no es escritora de oficio o, sin ir más lejos, el caso que hoy nos ocupa.

 

IV. DE CÓMO LLEGO A “ LA VENGANZA.. .”

Llegados a este punto, es posible que ustedes, y los miembros de la mesa y, sobre todo, el autor, estén pensando aquello que le dijo don Francisco Umbral en aquel ya célebre programa a la Mercedes Milá : “Yo he venido aquí a hablar de mi libro.” Y, efectivamente, a eso hemos venido aquí: a hablar del libro de Antonio Zamora. Y a eso voy.

Llego un día a la Biblioteca de Osuna –no sé a qué exactamente, pero a muchas cosas no se puede ir a una Biblioteca- y pego la hebra –como es habitual- con Francisco Ledesma, también conocido por Paco Ledesma, archivero-bibliotecario y güena gente, y a quien alguien tendrá alguna vez que convertir en personaje literario, al igual que Max Estrella, protagonista de la obra de don Ramón del Valle-Inclán “Luces de Bohemia” , pretendía hacer con don Latino de Hispalis. En un momento dado, sale a colación Antonio Zamora, al que -creo recordar- yo sólo conocía de vista y del que no había leído absolutamente nada. Paco me dice que tiene allí un par de novelas suyas inéditas. Le pregunto que si a Antonio Zamora le importaría que yo leyese alguna. Me dice que no cree que le importe. Le pido consejo a Paco sobre cuál de las dos leer. Y Paco me dice que me lleve La venganza de Evaristo Cubista , que era más ligerita. No sé si en aquel momento, Paco quería decir con lo de “más ligerita”, menos densa, menos extensa o más fácil de leer en Verano –porque creo que era Verano-. Y La venganza de Evaristo Cubista me llevé, novela inédita y cosida a canutillo o alambre, como Dios manda, de Antonio Zamora –en aquel momento, sólo “uno de Los Corrales que escribe”.

 

V. LA NOVELA

Llego a casa y, en cuanto puedo, aparcando todas las lecturas pendientes -porque este que les habla o les lee tiene los libros por leer como los pacientes en la Seguridad Social : en lista de espera-, y, en cuanto puedo, digo, le hinco el diente con ganas a La venganza de Evaristo Cubista .

¿Y qué me encuentro ya desde las primeras páginas? Les voy a contar lo que me encuentro. ¡No se lo pierdan! Resulta que la acción está situada en Sevilla capital, en los primeros años de este siglo XXI, es decir, prácticamente ahora mismo, y en un ambiente estudiantil. Me encuentro con un triángulo formado por: un estudiante guapetón que es el ligón entre la grey estudiantil femenina, que se lleva de calle a todas las estudiantas, las cuales casi se le echan al cuello para que el ligón las lleve al huerto; por otro lado, otro estudiante feo, soso y contrahecho; y en el último vértice de dicho triángulo, una encantadora estudianta que, mire usted por dónde, no sucumbe a los encantos y la técnica conquistadora del ligón; y no sólo eso, sino que, además, esta estudianta casi que está entrando y saliendo y parriba y pabajo con el estudiante feo y soso,... con lo cual el estudiante ligón está que se sube por las paredes, porque su prestigio en la Facultad y entre los amiguetes y las chorbas está por los suelos. Más o menos, así.

Y pienso: ¡Mamma mía! ¡Mamma mía! ¿Qué es esto? ¿Qué folletín es éste? ¿O qué folletón? ¿Esto es un culebrón venezolano o qué es? Y me digo: como esto no mejore, como esto no coja otro rumbo,... malo, mal asunto, poco va a valer esto. Y como todo lo que escriba “este hombre” sea así,...

Pero, sigo leyendo. Porque, uno, como lector, tiene un defecto o una virtud que tienen muchos otros lectores y lectoras, que yo lo sé, que me lo han contao: y es que nunca dejo un libro sin terminar.

Afortunadamente. Porque, en seguida, el autor comienza a diseccionar a los personajes, a mostrarnos su interior, y resulta que los personajes no eran tan planos, tan prototipos como a este ignorante lector le pareció a botepronto, resulta que el bueno no es buenísimo, que el malo no es malísimo, que la muchacha no es guapa y tonta,... resulta que los personajes tienen vida interior, que tienen sentimientos y motivaciones, y actúan, como cada uno de nosotros en la vida real, movidos por esos sentimientos y motivaciones.

Afortunadamente, seguí leyendo. Y ya no pude dejarlo hasta el final, porque la trama me enganchó y me llevó enganchado, en vilo, hasta la última página. En La venganza de Evaristo Cubista , Antonio Zamora nos narra en 6 partes o capítulos y un epílogo, una historia en la que destaco, al menos, cinco elementos o ejes principales: un conflicto amoroso o sentimental, una venganza –terrible venganza-, alguna muerte por ahí en medio, un policía que investiga y unas gotitas de erotismo y sexo.

Y ustedes pueden pensar: pues con esos ingredientes, el autor lo que ha hecho y adrede es un cóctel para que el texto, la novela, sea comercial. Pues, tampoco. Decían las actrices antiguamente, en los tiempos de la censura, que ellas no se desnudaban si no lo exigía el guión. Y todo lo que hay en esta novela lo exige el guión. No hay en ella nada gratuito. Y no sólo eso, sino que el autor -al que “algún torpe lector”, y no quiero señalar a nadie, estuvo casi a punto de catalogar como un Corín Tellado cualquiera-, el autor, digo, ya desde el título, utiliza el recurso dramático de la anagnórisis, pues nos hace un guiño a los lectores anunciándonos que va a haber una venganza, pero luego, él, a su gusto, no la va a resolver o desvelar –como en las buenas novelas de intriga y suspense- hasta el final; y, el autor, se permite mover por la historia con toda naturalidad, un policía o detective, con lo difícil que es mover a un detective por una historia sin caer en el maniqueísmo de tantos como llevamos vistos y leídos en mil novelas, series y películas; y, el autor, nos cuenta una historia de sentimientos enmarcada en un triángulo sentimental entre gente joven, viniendo a demostrar con ello dos cosas: que el maestro Muñoz Molina llevaba razón cuando dijo que no importa lo que se cuente, que todo se puede contar, porque lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta y, demuestra, por otro lado, que el amor y el desamor siguen siendo un buen argumento narrativo, porque, a pesar de esta aparente modernidad en la que vivimos, esta aparente modernidad en la que “a rey muerto, rey puesto”, en la que “la mancha de una mora, con otra verde se quita”, en la que “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”, en la que hoy me caso, mañana me descaso y pasado me vuelvo a casar, etc, etc, a pesar de esto, el amor y el desamor –esas dos caras de una misma moneda- siguen siendo una de las principales fuentes de placer y de dolor, uno de los más poderosos motores que mueven a las personas y al mundo, como viene sucediendo desde que el mundo es mundo –valga la redundancia-.

Y, cuando el lector cree que ya está todo el pescado vendido, se produce la traca final, el desenlace de la historia, la venganza en sí o el desvelamiento del misterio. Y uno se queda epatado, como sin aliento y diciendo: “¡Ajajá, así que el mayordomo no era el asesino!” Y hasta aquí puedo leer, no sea que se me escape el final.

Y, cuando acabo de leer esa historia bien planteada, bien escrita y bien resuelta, amena y seria -hasta diría que tremenda, pero también eran tremendas “La familia de Pascual Duarte”, de Cela, y “Los santos inocentes”, de Delibes-, cuando termino, anoto en mi Agenda un pequeño comentario –cosa que tengo por costumbre para mi coleto, pero que quiero compartir con ustedes esta noche-; anoto:

“Texto que me ha sorprendido muy gratamente en un autor inédito –cosa que no era cierta, porque Antonio tenía una publicación anterior, del año 2004, que patrocinó el Ayuntamiento de Los Corrales, pero yo, en ese momento, no lo sabía o no lo recordaba- , novel, porque está bien escrito, con sobriedad y sin lagunas, sin fisuras. Y engancha de principio a fin.

Aquí hay un novelista.”

Y, así, gratamente sorprendido y contento por haber descubierto que muy cerca de mí y de mi pasión por los libros, muy cerca de nosotros, había una persona que se encerraba en su tiempo libre a bregar con el lenguaje y a construir historias, había un escritor o, como muy hermosamente dijo Carcelén Gandía, había “un ingeniero de palabras y emociones” , así se lo dije a Paco Ledesma en cuanto lo vi: “una buena novela y un escritor”, y así se lo dije en cuanto tuve ocasión a José Miguel Desuárez, editor de Hipálage, a quien le alabo el gusto y la valentía de apostar por autores nuevos y desconocidos, y así me apresuré a decírselo a Antonio Zamora, que fue por teléfono, que lo felicité y a quien esta noche le reitero mi enhorabuena y le animo a algo que tal vez no haga falta animarlo: a seguir escribiendo; y así, con mi humilde opinión de lector pero con la mano en el corazón, se lo digo a ustedes, os lo digo: “una buena novela; aquí hay un escritor”. Repito: una novela corta pero intensa, una novela seria, de pulso narrativo sostenido de principio a fin, esto es, sin altibajos, sin fisuras, una novela amena y fácil de leer.

 

PARA TERMINAR (EPÍLOGO)

Y, ya, para terminar, decir que, quizás, Antonio Zamora, estuvo alguna vez ante La Puerta que comunica el mundo real con el mundo de la imaginación, dudando sobre si cruzar esa puerta o quedarse fuera, es decir, en la encrucijada de si escribir e intentar ser escritor o quedarse más cómoda y pragmáticamente en este lado. Y, afortunadamente, decidió cruzar esa Puerta.

Leámoslo. Cuidémoslo. Hagámosle un huequecito en nuestra Biblioteca. Porque nos ha nacido aquí, entre nosotros, en este rinconcito de la Sierra Sur y del corazón de Andalucía, un escritor.

Gracias a él por haberme invitado a compartir estos momentos especiales y gracias a los compañeros de la mesa y a ustedes por vuestra atención y paciencia.

 

 

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Intervención del autor

en la presentación de la novela

LA VENGANZA DE EVARISTO CUBISTA

(Teatro Municipal de Los Corrales)

23 de octubre de 2009

 

Cuando me toca hablar en público de mi trabajo literario, no puedo evitar acordarme de lo que decía el ya desaparecido escritor Rafael Sánchez Ferlosio. Cuando alguien lo invitaba a algún programa de radio o de televisión para hablar de su obra, declinaba cortésmente la invitación argumentando que las mejores respuestas que podía dar estaban en sus libros.

Yo no voy a ser tan categórico como él, pero para suplir mi falta de afición y de costumbre en estas prácticas, me voy a permitir ayudarme de las notas que traigo en estos papeles. Con eso evitaré que se me olvide algo de lo que convendría decir o que los nervios, siempre traicioneros, me hagan decir alguna cosa que no viniera al caso o no conviniera al momento.

No quisiera empezar sin un capítulo de agradecimientos, porque aunque uno está solo ante la hoja de papel en blanco, no es menos cierto que siempre hay que agradecer de una manera u otra a las personas que te rodean que puedas sentarte a pelearte con las palabras.

Así pues, quiero agradecer a mi mujer y a mis hijos la paciencia que han tenido conmigo, sabiendo que mi afición a la escritura les ha restado a ellos mucha atención de mi parte.

Quiero agradecer a mi madre, a mis hermanos y demás familia carnal y política, que no hayan perdido la fe en mis posibilidades como escritor a pesar de que han ido pasando los años sin el premio y la confirmación de la publicación.

Y, cómo no, quiero tener un recuerdo emocionado para mi difunto padre, al que, sin duda alguna, le hubiese gustado estar aquí esta noche.

Quiero agradecerles a mis amigos su aguante. Hoy que la mayoría están aquí, es un buen día para reiterarles mi amistad y disculparme por estrellar en ellos mis manuscritos buscando opinión y consejo, sin los cuales esta novela y otras que aún no han visto la luz, no serían lo que son.

Le agradezco a la Editorial Hipálage y a su director José Miguel Desuárez, que haya incluido tan de buena gana “La venganza de Evaristo Cubista” entre los títulos de su catálogo.

A Antonio G. Ojeda, miembro activo de esta presentación, por darme a conocer a la editorial y por estar aquí haciéndome esto más fácil.

Y al Ayuntamiento de Los Corrales que me haya facilitado este magnífico local para la presentación de la misma, por la publicidad pertinente para este tipo de evento, y que en la persona de su concejal de cultura haya presentado y conducido a los ponentes de esta mesa.

Y, por supuesto, quiero agradecer la presencia de todos ustedes, sin la que este acto no hubiera sido posible o hubiera resultado tan desolador como inútil.

Muchísimas gracias a todos.

 

Y respecto a mi novela, poco voy a comentar esta noche, entre otras cosas porque no creo que deba ser el autor quien hable de ella. Los miembros de esta mesa ya lo han hecho convenientemente. Además, debe quedar algo para que ustedes lo desgranen como lectores, que es, al fin y al cabo, de lo que se trata.

En su lugar, les hablaré brevemente de mis motivaciones a la hora de sentarme delante de una pantalla en blanco para llenarla de palabras, unas motivaciones que me temo tienen mucho que ver con la tendencia natural del ser humano a transmitir sus sueños, sus ideas o sus experiencias.

Ya desde niño sabía que mis tendencias tomarían la dirección de la comunicación. De haber estudiado de joven, quizá hubiese sido periodista. Muchos de ustedes conocéis mi entrega a la fotografía, que no es más que un medio de transmitir mediante imágenes, hasta el punto de dedicar años de mi tiempo y de recorrer miles de kilómetros para realizar un solo trabajo, que por suerte, tuvo el digno final de la publicación. Pero también muchos de ustedes saben que desde una edad temprana, antes incluso que a la fotografía, he estado muy arrimado a los libros.

Me viene a la mente un recuerdo de mí mismo cuando apenas contaba trece años de edad. En él estoy en la biblioteca del colegio rebuscando en sus estanterías. Como cualquier adolescente, era un muchacho ávido de sensaciones, sensaciones que no siempre podía satisfacer en el estrecho mundo en el que me movía y que intentaba compensar leyendo libros de aventuras. Aquel día que recuerdo, tuve la suerte de dar sin saberlo con un clásico de la literatura adaptado para adolescentes, un clásico que llevaba por título “Viajes de Gulliver”, de Jonathan Swift. Y fue aquel libro el que me abrió inesperadamente el horizonte de la literatura, pero no sólo de una literatura con la que entretenerme, sino de una literatura con la que aprender, con la que compartir, con la que soñar...

Recuerdo que deseé entonces escribir una historia que produjera en el lector las mismas sensaciones que me produjo a mí Viajes de Gulliver . Invertí mentalmente mi papel de agradecido lector por el de escritor, por el de sufrido escritor, cabría decir. Otra cosa sería poderlo realizar, poder alcanzar la calidad literaria y la desbordante imaginación que derrocha ese título.

Desde luego fue un deseo muy ambicioso para un chaval de trece años. Pero, ¿qué deseo no lo es? No obstante, me señaló un camino, un camino que emprendí, que sigo andando y que espero seguir recorriendo.

Después vino el trabajo duro del aprendizaje y los intentos infructuosos, en los que me desesperé y aburrí largas temporadas, hasta que por fin, a fuerza de trabajo, fui alcanzando la técnica que me permitió terminar mi primera novela.

Y después de esa primera novela, vino otra, y luego otra...

Siempre he sido muy consciente de que el que ha dedicado cantidades ingentes de tiempo y esfuerzo a escribir un texto es porque tiene algo que decir. Y siempre he tenido muy en cuenta que esa persona merece ser atendida.

Escribir para otros o para uno mismo no es una cuestión baladí. Pienso que es uno de los mayores enfrentamientos que un hombre o una mujer puede tener consigo mismo. Pero si escribir no es una cuestión de poca importancia, leer lo que otros han escrito tampoco debe serlo.

El motivo que me ha traído esta noche ante ustedes, la presentación de esta novela, me obliga a defender la literatura del rechazo o la indiferencia, sentimientos, tanto uno como otro, muy recurrentes en la sociedad actual, tan dada a las prisas y tan encandilada por las luces y por los efectos.

El escritor norteamericano Stephen King, puso en boca de uno de los personajes de su novela “Corazones en la Atlántida”, que había que darle al menos un par de horas a un autor antes de decidir si seguir o no atendiendo a su discurso.

Soy consciente de que leer, igual que cualquier otro ejercicio, cuesta trabajo. Pero si sopesamos los beneficios que reporta, es un trabajo que tiene la recompensa de saber que hay otros mundos aparte del que podemos apreciar con nuestros sentidos, cosa a veces, a pesar de su aparente simplicidad, tan difícil de comprender y de aceptar.

Siguiendo el camino de la lectura, ampliaremos nuestra información y definiremos nuestras creencias y, lo que es mejor, tendremos una idea más clara de dónde venimos, de lo que somos y hacia dónde queremos ir, conocimientos nada desdeñables para dar sentido a la vida de cada ser humano.

Para terminar, sólo me queda desearles una feliz lectura de la novela que les presento esta noche. Les aseguro que hay mucha ilusión puesta en cada una de sus páginas, y mucho trabajo. Pero ni siquiera la ilusión y el trabajo invertidos importan ahora, lo que importa es el producto final, y el producto final lo tienen ustedes a su entera disposición.

Muchísimas gracias.